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siglos, la Peña Blanca se consideró un picacho inaccesible.
De ahí que en Peguerinos se forjase la leyenda de que Satanás
había dejado una bolsa repleta de dinero en su cúspide a
disposición del primero que la hollase. Lamentablemente, la conseja
nos ha llegado así de resumida, y hay tantos motivos para pensar
que Barrabás era un rumboso patrocinador de escaladas como un cabroncete
ávido de descalabros. Lo único cierto, como ya observó
José María Boada, es que “en algunas regiones de espiritualidad
más fina, son las princesas hechizadas las que esperan la llegada
del amoroso doncel; en Peguerinos, más prácticos, son las
pesetas”.
La Peña Blanca es un monolito granítico
de 30 metros de altura que descuella en el estribo meridional de Cueva
Valiente, a caballo entre los valles de Enmedio y del arroyo del collado
del Hornillo, sobre los llamados Pinares Llanos que tapizan el sureste
de la sierra de Malagón, casi donde Peguerinos (Ávila) linda
con Guadarrama (Madrid) y El Espinar (Segovia). Que no es inaccesible,
lo demostraron en 1933 Ángel Tresaco, Teógenes Díaz
y Ricardo Rubio, al escalarla por la cara norte, y Enrique Herreros, Roberto
Cuñat y Candela, por la más larga y peliaguda cara sur.
Que no es una mera cucaña, Ángel González, al dar
un paso fatal en 1945.
Hoy, que las posibilidades de hallar un tesoro, si es
que alguna vez lo hubo, son computables en cero, la Peña Blanca
sigue empero proyectando su sombra legendaria sobre la imaginación
de los hombres. Y no sólo de los escaladores. En los roquedos que
se extienden a los pies del torreón, el caminante encontrará
pasadizos, quebradas, puentes, calderones labrados por el agua en las
moles de granito, balcones y cornisas de una ciudad como de diablos, cuya
desolación geológica contrasta con el verdor de las praderas,
el bosque de pinos albares, los altos cervunales y las laderas alfombradas
de gayuba que se avizoran en derredor. Ésta es su riqueza.
En busca de este legendario paraje, vamos a aproximarnos
en coche al camping Valle de Enmedio, que dista seis kilómetros
de Peguerinos yendo por la pista forestal asfaltada que se dirige hacia
el puerto de Guadarrama. Unos 150 metros antes de llegar a la barrera
de acceso, veremos cómo surge a la derecha un ancho camino de tierra;
un camino por el que nos echaremos a andar, en suavísimo ascenso,
llevando a mano izquierda las aguas del arroyo del Valle de Enmedio y
atisbando a mano contraria, por entre la fronda pinariega, la afilada
cresta en que se encarama la Peña Blanca.
Sin alejarse en ningún momento del arroyo, el
camino franquea enseguida una portilla metálica, luego se transforma
en una cuesta pedregosa y, como a media hora del inicio, desemboca en
la explanada que ocupa el refugio Valle de Enmedio. Descrito en 1981 por
Cayetano Enríquez de Salamanca como un “encantador chalecito
capaz para 12 personas”, hoy es habitación de mugre y techos
desfondados que no sirve, a efectos montañeros, más que
para marcar el punto donde arranca el desvío a la Peña Blanca,
pues justo a su altura veremos apartarse del camino principal un senda
que trepa hacia la derecha por la pina ladera: la nuestra.
En un cuarto de hora, subiendo a repecho por esta senda,
alcanzaremos un rellano herboso sito a 1.705 metros de altitud. Y nada
más cruzar el rellano, ya en la ladera contraria, giraremos a la
diestra por una trocha, marcada con señales amarillas en los pinos,
que en cuestión de 20 minutos nos llevará bordeando toda
la cresta hasta el monolito de la Peña Blanca (1.662 metros). Desde
el portillo que se abre a su vera, se avista el arco que describen en
lontananza la cuerda de Cuelgamuros y los montes de El Escorial y Santa
María de la Alameda. Allá abajo, se explayan los Pinares
Llanos. Mientras que arriba, en la torre, los escaladores prueban sus
difíciles habilidades, tan difíciles que parecen cosa del
Diablo. |