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RUTA nº 194 PROVINCIA DE AVILA Distancia desde Madrid: 122 Kms.
Castilla-León  ALTO ALBERCHE
PAISAJES DE ORO
Chopos, alisos y robles doran en otoño las orillas de este río entre los pueblos abulenses de Navalosa y Navarrevisca

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se va a Navalosa por la carretera M-501 hasta San Martín de Valdeiglesias y luego por la N-403 en dirección a Ávila, para desviarse poco antes de El Barraco hacia Navaluenga, Burgohondo y Navatalgordo. Un kilómetro antes de llegar a Navalosa, sale a mano izquierda la carreterilla de reciente construcción que lleva hacia Serranillos pasando por el puente sobre el río Alberche, donde empieza esta excursión
pistas, senderos y veredas.
muy recomendable en otoño por el colorido de los sotos ribereños
José Manuel Martín es el autor de 'Las sierras desconocidas de Ávila', guía editada por El Senderista en la que se descubren los sotos del Alberche y otros bellos rincones de esta provincia, eclipsados por la fama de la sierra de Gredos
al no estar señalizado, el camino se presta en ciertos puntos a alguna duda, por lo que resulta aconsejable cotejar nuestra descripción con el mapa 15-22 (Navatalgordo) del S.G.E., a escala 1:50.000, o mejor aún, con la hoja 555-IV del I.G.N. a escala 1:25.000

Por más que Madrid posea el récord nacional de espacios protegidos –casi un tercio de su superficie lo está–, debemos reconocer que no ganaría un concurso de belleza paisajística. La razón es clara: se ha protegido el águila imperial, el acebo o la laguna glaciar, pero en el medio rural en que están inmersas tales rarezas no se ha hecho nada para evitar la moderna fealdad: ante la alambrada, la línea de alta tensión o el adosado de ladrillo, hay unánime encogimiento de hombros. El progreso ha arruinado la dignidad de los viejos paisajes. Nos hemos acostumbrado, como dice Eduardo Martínez de Pisón, “a ser habitantes de paisajes que duran menos que nosotros”.

Esta fea costumbre nuestra se nos hace más evidente, por contraste, cuando pasamos a la vecina Ávila. Remontando el Alberche desde San Martín de Valdeiglesias, más allá de ese rosario de embalses, embarcaderos, chiringuitos y urbanizaciones que ha merecido el denigrante bautismo de 'playa de Madrid', vemos a un río todavía montaraz abrirse paso por la umbría de Gredos entre espesas alisedas, prados bien acotados con cercas de piedra seca, regueras cantarinas, almiares, chozos de granito techados con rama de piorno y molinos donde la ruina aún no ha hecho estragos. No es sólo una percepción estética. Este paisaje, en su sobriedad, rezuma ética.

Mas también aquí se advierten ya signos de degeneración: la rústica portilla de madera de algunos cercados ha sido suplantada por un somier –uso vulgarísimo que se ha extendido a todo el campo castellano desde la sierra madrileña, donde hay más somieres durmiendo al raso que bajo techo– y el vicio del asfalto ha sepultado el viejo camino de Navalosa a Serranillos bajo una carretera –tan reciente, que no figura en los mapas–, cuyo paso por el Alberche, sobre pilares de hormigón, tiene acogotado a un bello puente medieval de dos ojos asimétricos y rasante en lomo de asno. Aquí, huyendo de los abusos del progreso, comienza nuestra andadura.

Desde dicho puente, vamos a seguir la pista de tierra que acompaña al río aguas abajo por su margen derecha, rechazando un primer desvío poco marcado a la diestra y tomando en la siguiente bifurcación, mucho más evidente, por el ramal ascendente que corre a media ladera, a unos 50 metros por encima del Alberche, el cual ruge, salta y espumea en el fondo de su duro cauce de granito. A un cuarto de hora del inicio, llegados a un punto en que la pista sube en curva hacia la derecha, deberemos desviarnos a la izquierda por un senda horizontal, para poco después hacer lo mismo por una vereda que baja suavemente hacia el boscoso delta, visible en lontananza, donde desagua al río Alberche la garganta Fernandina.

Sin abandonar la vereda, nos alejaremos momentáneamente del Alberche para remontar la garganta Fernandina bordeando las cercas de prados coquetuelos, donde el intenso verdor de la hierba, la plata rumorosa de las regueras y el amarillo de la paja amontonada en cónicos almiares colorean un cuadro de égloga, uno de los más bellos paisajes rurales que puedan verse en España. Una belleza enriquecida en otoño por el oro de los robles, los chopos y los alisos que flanquean este afluente del Alberche. Y que no cesa hasta arribar, por otro puente de traza medieval, a las vecindades del blanco caserío de Navarrevisca, cumplida una hora y media de paseo.

Al rato de cruzar el puente, doblaremos a la izquierda por un ancho camino que nos permitirá descender por la margen contraria de la garganta, a la sombra de vetustos nogales, hasta llegar de nuevo a la orilla del Alberche, junto enfrente de donde se alza el viejo molino de los Brazos. Verlo más de cerca es casi imposible, pues fuera del estiaje no hay quien vadee el río, así que no nos quedará más remedio que retroceder hasta la entrada del primer prado, bajar por él, cruzar la garganta Fernandina saltando de piedra en piedra y volver por la vereda ya conocida al punto de partida.

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