.

 
 
RUTA nº 335 PROVINCIA DE AVILA Distancia desde Madrid: 130 Kms.
Castilla-León  CASTILLO DE MANQUEOSPESE
“MAL QUE OS PESE, LA VERÉ”
La leyenda de un amor contrariado gravita sobre esta fortaleza que vigila Ávila desde la sierra de la Paramera

         Imprimir esta página

a Mironcillo se accede por la carretera de A Coruña (A-6) hasta Villacastín y luego por la autopista A-51 hasta Ávila. Hay que circunvalar la capital por la N-110 (dirección Plasencia), coger el desvío a Arenas de San Pedro (N-502) y, acto seguido, el que conduce a Niharra, Mironcillo y Riofrío
pistas de tierra y veredas de ganado
recomendable para invierno, primavera y otoño
José Manuel Martín es el autor de 'Las sierras desconocidas de Ávila', guía de la editorial El Senderista (Mayor, 80; tel.: 91-541 7170) en la que se describe una ruta más amplia por los alrederores de Mironcillo. También se hallará más información sobre el pueblo y el castillo en la página web www.mironcillos.tuportal.com
mapa 531-III (Riofrío) del I.G.N. a escala 1:25.000 o la hoja 16-21 (Ávila de los Caballeros) del S.G.E. a escala 1:50.000
la mejor opción se halla en el cercano pueblo de Villaviciosa y es el hostal-restaurante Sancho de Estrada (tel.: 920-29 1082), sito en un coqueto castillo medieval erizado de almenas, garitas y matacanes, y con muros (de hasta tres metros de espesor) a prueba de terremotos. Precio medio

El castillo de Manqueospese se alza, más solo que la una, sobre un contrafuerte de la sierra abulense de la Paramera, que en rigor es un desierto, sin un árbol a la vista, sólo moles de granito y un silencio que pone la carne de gallina. Allí, a 1.389 metros de altura y a caballo entre los municipios de Sotalvo y Mironcillo, que tampoco son gran compañía, descuella esta fortaleza que, según los libros de historia, fue erigida por un capitán del Duque de Alba hacia 1490. Lo que no explican es la sinrazón de amurallar una inhóspita peña en tiempos de paz, esplendor ciudadano y gótico flamígero. Mayor extrañeza no causaría hallar un nido de águilas en la Luna.

Mucho más creíble, por eso, es la leyenda que data su construcción en el siglo XIII. Cuenta ésta los amores contrariados de don Álvar Dávila, caballero matamoros, y doña Guiomar, hija del gobernador de Ávila, el cual gobernador había prometido a su niña con Dios y a don Álvar que le haría picadillo si lo cogía rondando a tres leguas de su balcón. “Mal que os pese, la veré”, fue la última palabra de don Álvar. Y la cumplió erigiendo este castillo roquero a 16 kilómetros de la ciudad, desde donde podía ver –telescópicamente, suponemos– el balcón de doña Guiomar, el cual estaba (y sigue estando) junto a la puerta del Rastro, para más señas.

Para ver lo que veía don Álvar, buscaremos en Mironcillo la calle El Cerrillo –la segunda por encima del Ayuntamiento– y la seguiremos a la izquierda hasta el final del pueblo. Justo antes de la última construcción, sale a la derecha la pista de tierra por la que subiremos en una hora al castillo, cuya silueta almenada veremos todo el tiempo recortarse dura y precisa, como al acero, contra las nieves del pico Zapatero (2.155 metros). No veremos, en cambio, ni un alma. Ni una triste chaparra. Sólo bolos de granito y matujas de tomillo, un paisaje áspero y bienoliente, como las horas eternas, perfumadas de dulces recuerdos, de quienes se aman a distancia.

El castillo, abandonado a medio restaurar, consta de dos recintos amurallados –el exterior, con puerta en arco conopial, y el interior, con acceso vigilado por dos tremendos garitones– y está dominado por una torre que se levanta sobre lo más encrespado del peñascal cimero, casi como una excrecencia de la roca, atalayando hacia el norte todo el valle de Amblés, desde las fuentes del Adaja hasta la capital abulense. Éste era el lugar desde donde, según la leyenda, don Álvar se comunicaba con su amada usando hogueras, estandartes y pendones; mensajes que ella contestaba agitando telas verdes, rojas, negras..., según su esperanza, su pasión o su pena.

A espaldas del castillo, la cresta sobre la que se asienta ofrece un marcado declive y un collado que nos va a permitir cambiar de vertiente para, bordeando el roquedal por la izquierda, continuar con rumbo sur –el que marca el pico Zapatero– hasta alcanzar la cabecera de un arroyuelo. Atraviesa el regato una cerca ganadera y, unos metros por debajo de ésta, discurre una senda por la que descenderemos en otra hora hasta el río de la Garganta. La ancha pista de tierra que baja por su margen izquierda es la prolongación de la calle El Cerrillo, la misma por la que salimos de Mironcillo, pueblo al que volveremos tras media hora más de paseo (dos y media en total).

Antes de entrar en Mironcillo, el río de la Garganta se viste con ropajes insólitos en estos pedregales: jugosos prados, verdes ribazos e incluso alamedas. Mas siendo muy hermoso, nuestra mirada no dejará de volar hacia el castillo de Manqueospese, visible desde todos los rincones del valle. Como voló el alma de doña Guiomar cuando murió de pena, encarnada en blanca paloma por arte del amor. Don Álvar, perito en señales, comprendió aquella última que le llegó a su torre y, tomándola con ternura en sus manos, le puso al cuello lazo de raso. Esa misma madrugada partió para la guerra, y en ella murió peleando como bueno. Así acaban leyenda y camino.

.