ESCAPADA TEMÁTICA nº 592 LABERINTOS VEGETALES
JARDINES DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN
Pasatiempos vegetales en parques dieciochescos de Segovia, Madrid y Barcelona

Observaba Borges que para llegar al centro de un laberinto basta con doblar siempre a la izquierda. Todo pudiera ser. También hay quien dice que un método infalible para salir es avanzar pasando una mano –la zurda o la diestra, lo mismo da– por la pared, sin despegarla en ningún momento. También pudiera ser. En realidad, lo que importa en los laberintos, y lo que los hace tan sugestivos, no es la posibilidad de orientarse, sino la de perderse. Esa extraña idea ­–un lugar concebido para extraviarse– es la que ha fascinado a 200 generaciones de hombres desde que el rey Minos de Creta encargó a Dédalo el suyo.

Más extraño aún que un edificio construido para despistar es un jardín creado para lo mismo: un laberinto vivo, palpitante y enrevesado como un cerebro o un intestino, que respira, bebe, suda, tiembla, susurra, muda, crece y devoraría a los paseantes de no ser porque una cuadrilla de domadores lo mantiene todo el día a raya con la podadera. Como tantos otros monstruos, estos seres geométricos hunden sus oscuras raíces en la Edad Media, si bien fue en el Renacimiento cuando se propagaron a todos los rincones de Europa, desde las villas italianas hasta los Reales Alcázares de Sevilla, favorecidos por el amor de los príncipes a todo aquello que olía a mitología, y no digamos ya a Minotauro.

El siglo XVIII, con el auge de la jardinería formal francesa, produjo una espectacular floración de ellos. Curioso que el siglo de la Razón fuera también el de la sinrazón de los laberintos. Viendo estos jardines, nada cuesta imaginar una fiesta como las que pintaba Watteau, los aristócratas holgando en las arboledas de tras palacio, refrescados por un aire suave de mandolina; alguno de los invitados, o quizá el propio rey, propondría jugar al escondite, y mientras aquel hatajo de parásitos se mimetizaba con las esculturas de los templetes y las fuentes, en lo más recóndito del laberinto, una Ariadna de carne y hueso musitaría, dejando caer el largo ovillo de sus anhelos contenidos: “Majestad, no deberíamos…” A ese siglo juguetón corresponden los mejores laberintos vegetales que hay en España.

La Granja (Segovia)
En el año 1713, decimocuarto de los Borbones en el trono español, Dezallier D’Argenville trazaba el laberinto de los jardines de La Granja de San Ildefonso. Aunque pequeño en comparación con lo que ocupa el resto del parque regio, es un rectángulo como cuatro campos de fútbol –222,5 por 122,5 metros–, con 2.504 metros de paseos y 6.063 de setos formados por más de 18.000 pies de carpe y haya. Su elegante diseño, en el que se combinan las rectas y las curvas, consiste en una espiral central flanqueada por dos grupos de calles que doblan en ángulo recto y suelen acabar en cul-de-sac. Después de sufrir largos periodos de abandono y tres restauraciones –la última, entre 1985 y 1993–, sigue siendo uno de los más bellos bosquetes del real sitio, y sin duda el más elaborado, la máxima expresión del jardín de estilo francés en España. Concebido para el juego galante, hoy es la mayor atracción de las familias que visitan estos jardines segovianos, las cuales invierten, por término medio, entre una hora y una hora y media en recorrerlo entero. Los claustrofóbicos pueden contemplarlo desde el cielo con Google Earth (http://earth.google.es/), introduciendo las coordenadas: 40 53’52’’ N, 3 59’ 56’’ W. Información práctica: Jardines de La Granja (Plaza de España, 17; Real Sitio de San Ildefonso; tel: 921 47 00 19; www.patrimonionacional.es). Accesos: a 12 kilómetros de Segovia por la carretera CL-601; autobuses de La Sepulvedana (tel.: 921 427 707). Horario: todos los días, desde las 10.00 hasta la puesta de sol. Entrada gratuita.

El Capricho (Madrid)
Sobre planos de otro francés, Jean Baptiste Mulot, se formó entre 1787 y 1834 la perla de los jardines históricos madrileños, El Capricho de la Alameda de Osuna. El nombre le viene al pelo (o al follaje), porque sus 14 hectáreas están llenas de los caprichos de su fundadora, María Josefa Alonso Pimentel de la Soledad, novena duquesa de Osuna: un palacio, un casino de baile, una ermita, una ría, un lago con isla y embarcadero, un fortín de juguete, un templete consagrado a Baco, una exedra custodiada por esfinges, una vivienda al modo campesino, un invernadero, una casa de vacas e incluso un abejero donde la flor de la holgazanería patria se deleitaba observando a través de un cristal a las laboriosas hacedoras de miel. Otro capricho, quizá el mayor, es su laberinto de 6.000 metros cuadrados, con setos de más de dos metros de altura, varios plátanos grandecitos, un grupo de granados, una lluvia de oro (Laburnum anagyroides) y, en el centro, un árbol de Júpiter. También es el más frágil, porque los laureles que delimitan sus curvilíneas calles no soportan bien, aristocráticos ellos, el roce continuo de la plebe. Por esa razón no puede recorrerse, pero sí admirarse desde la altura, siguiendo el paseo que va de la plaza de los Emperadores al palacio. Y todavía desde más alto, con Google Earth (40 27’20’’ N, 3 35’47’’ W). Información práctica: Parque El Capricho (Paseo de la Alameda de Osuna s/n; Madrid; tel.: 915 880 114; www.esmadrid.com). Horario: sábados, domingos y festivos, de 09.00 a 18.30 en invierno y de 09.00 a 21.00 en verano. Entrada libre hasta completar el aforo de 1.000 personas. Visitas guiadas gratuitas para grupos entre semana, previa reserva telefónica. Accesos: M-40 (salida Avenida de Logroño), estación de metro El Capricho (línea 5) y autobuses 101, 105 y 151.

Laberint d’Horta (Barcelona)
Casi al mismo tiempo que el anterior, en 1791, empezó a construirse el barcelonés Parc del Laberint d’Horta, un capricho en este caso de Joan Antoni Desvalls i d’Ardena, sexto marqués de Llupià, el cual era dueño de una finca que entonces quedaba a una buena tirada de la ciudad, en la falda de la sierra de Collserola, y hoy está pegada a la ronda de Dalt. El elemento principal del parque, y al que debe su nombre, es un laberinto formado por 750 metros lineales de setos de ciprés, especie que se presta bien a la poda ­–mejor que las hayas o que los laureles, desde luego–, lo que permite dar al recinto vegetal un acabado perfecto, casi arquitectónico. A la entrada, hay un bajorrelieve de Ariadna y Teseo. Y, en la plazoleta central, una escultura de Eros, señal de que este dédalo no fue concebido para prisión de bestias antropófagas, sino para refugio de tórtolos como los que arrullarse suelen en los bancos. Desde la terraza superior, donde se alzan los templetes de Ariadna y de Dánae, se observa bien el alocado ir y venir de los niños y de los padres tras ellos; aunque con cierta aprensión, sobre todo si se ha visto recientemente la escena del laberinto de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). Una visión cenital perfecta, como de revista de pasatiempos, es la que ofrece el satélite (41 26’25’’ N, 2 08’45’’ E). Información práctica: Parc del Laberint d’Horta (Germán Desvalls s/n; Barcelona; tel.: 934 287 088; www.barcelonaturisme.com). Horario: todos los días, desde las 10.00 hasta el anochecer. Hay que abonar entrada. Aforo: 750 personas. Visitas guiadas gratuitas llamando al tel.: 934 539 561. Accesos: Ronda Dalt (salida 4), estación de metro Mundet (línea 3) y autobuses 10, 27, 60, 73, 76 y 85.

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