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RUTA nº 033 PROVINCIA DE GUADALAJARA Distancia desde Madrid: 100 Kms.
Castilla-La Mancha  LA HOZ DEL JARAMA
UNA BELLEZA DE VÉRTIGO
Acantilados calizos de 100 metros flanquean el río entre Retiendas y Valdesotos, en el macizo de Ayllón

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Retiendas, punto de partida de esta excursión, tiene acceso tanto por la carretera de Burgos (N-I), desviándose en el kilómetro 50 hacia Torrelaguna y siguiendo por Patones de Abajo, Uceda, El Cubillo de Uceda y Puebla de Beleña; como por la de Barcelona (N-II), desviándose en Guadalajara hacia Yunquera de Henares, Humanes y Puebla de Beleña
Ruta apta para hacer en bicicleta pista de tierra. Sendero sin señalizar, aunque no tiene pérdida al discurrir siempre por la margen izquierda del Jarama
factible en toda época
Patxi Suárez, José Luis Yustos y José Antonio Izquierdo son los autores de 'El río Jarama', guía de Los Libros de la Catarata (tel.: 91-532 4334) en que se proponen numerosos recorridos a pie y en bici por todo su curso, desde Somosierra hasta Aranjuez
con la ayuda del mapa 'Sierras de Ayllón y Ocejón', editado a escala 1:50.000 por La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257), se pueden seguir otros caminos de vuelta, como el sendero GR-10 entre Valdesotos y Bonaval o, si se hace en bici, la pista del Canal de Isabel II hasta el embalse del Vado y Retiendas

La geología, hasta hace poco, era una ciencia que cogía de refilón al españolito común, para el que no había más roca que la marca de saneamientos, más fallas que las de Valencia, ni tectónica más tectónica que Ursula Andress. Prueba de que esto ha cambiado es la popularidad de que gozan hoy parajes como la sierra de Guara o la de Cuenca por su riqueza en piedra caliza. O, más exactamente, por las maravillas que el agua ha obrado en ella: ciudades encantadas; tajos a pico óptimos para la escalada; simas mil para la práctica de la espeleología; hoces o cañones fluviales que hay quienes los descienden a nado embutidos en un traje de neopreno y quienes, si alguna trocha lo permite, preferimos hacerlo a pie enjuto.

Por caprichos de la geología, Madrid es una región pobre en terrenos cretáceos, y para una serrezuela que hay –la Caleriza, Cuchillera o de Patones–, está tan concurrida por hombres-araña en los escarpes del Lozoya cabe el pontón de la Oliva, y por fisgones con linternita de galeno en la cueva del Reguerillo, que apenas queda sitio para el encanto. Así es que para disfrutar a sabor de la profunda belleza de la roca caliza en las proximidades de Madrid, hay que irse como poco a dos leguas a levante del mentado serrijón, hasta dar con la hoz que el Jarama ha labrado entre Retiendas y Valdesotos, en las soledades guadalajareñas del macizo de Ayllón.

Desde Retiendas, el caminante ha de salir por la maltrecha carreterilla que pasa junto al camposanto y, en llegando a un puente, abandonarla para seguir bajando por la pista que corre por la margen izquierda del arroyo del Pueblo –afluente del Jarama–, entre chopos, encinas y corpulentos quejigos. Es el camino, viejo conocido de los excursionistas, que conduce en media hora escasa al monasterio de Bonaval, una de las primeras fundaciones del Císter en Castilla (1164) y la más romántica ruina de la sierra de Ayllón. Todo él, edificado con sillería de roca caliza, rubia como el sol.

A la vista del cenobio, el camino se bifurca: el ramal de la derecha baja lamiendo la fachada del asciterio para ir a desembocar en el Jarama; el de la izquierda, que es el nuestro, corre por encima del antiguo molino de los monjes –entre cuyos restos se reconoce la alberca, el caz y la torre por la que se precipitaba el agua hacia la rueda– y se adentra de inmediato en la curva hoz. No sabríamos decir qué impone más: los paredones de un centenar de metros cayendo a plomo sobre el río; o la angosta vereda, trazada a media altura en la escarpada umbría donde, a pesar de la pendiente, medra un espeso quejigal salpicado de enebros y arces de Montpellier.

Rebasado el trecho más acantilado de la hoz, la senda rodea por la derecha una amplia pradera, un respiro que se toma y nos tomamos antes de embocar una nueva angostura, ésta de menor profundidad, pero donde el camino se reduce a una cornisa tallada en la roca viva, con un par de pasos en los que no sería razonable ponerse a bailar una tarantela. Aguas abajo, y como a una hora y media del inicio, veremos una gruta bostezando orilla de un olivarcejo; luego, el feo puente por el que cruza la carretera de Puebla de Vallés a Valdesotos, y a su vera, varios de los apriscos que los cabreros habilitaban antaño en las oquedades de los cortados.

Unos 200 metros más adelante, el Jarama nos depara la última sorpresa de la jornada: un puente medieval en perfecto estado, apoyado sobre un arco central de medio punto con dos pequeños arcos peraltados a cada flanco, colocados éstos a tal distancia del lecho, que no es probable que caten el agua salvo que sobrevenga otro diluvio; 30 metros mide su rasante empedrada, guardada por pretiles que divergen cual bocina hacia los extremos, tal como se siguen representando los puentes en los signos convencionales de los mapas. ¿Será necesario decir cuál es la roca dorada, clara como el agua del mozo Jarama, de la que esta hecha esta bella puente?

La vuelta, por el mismo camino.

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