RUTA nº 193 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 1 Distancia desde Madrid: 73 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  ROBLEDAL DE LOS HORCAJUELOS
SOMBRAS DEL PASADO
Este bosque de Rascafría fue durante siglos el camino más frecuentado para pasar del valle del Lozoya a Segovia

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a Rascafría se accede por el camino más rápido que es por la carretera de Burgos (N-I), desviándose por la M-604 pasado Lozoyuela. Saliendo de Rascafría, camino de El Paular, surge a mano derecha, muy cerca del cementerio, la cuesta del Chorrillo, donde empieza este paseo. Hay autobuses de Continental Auto (tel.: 91-314 5755)
hacia la mitad del recorrido
el personal del centro de información Puente del Perdón (tel.: 91-869 17 57) proporciona gratuitamente la guía 'La ruta del paisaje' (RV 4), itinerario señalizado que coincide parcialmente –hasta la baliza número 14– con el descrito en esta excursión. El centro organiza también paseos en grupo con guía previa reserva. Está en la carretera M-604, km. 27,600, a dos de Rascafría, frente al monasterio de El Paular. Horario: de 10.00 a 18.00, todos los días
mapa 'Sierra Norte' de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257) u hoja 18-19 (Segovia) del Servicio Geográfico del Ejército

Los más viejos del lugar aún le dicen el camino de la Reina, señal de que por aquí pasó alguna, quizá Isabel 'la Católica', fémina la más inquieta y andariega que hubo en España antes de que naciese Santa Teresa. Ello no significa que fuese regio, en el sentido de magnífico, antes al contrario fue siempre de herradura y su única ventaja era que reducía al mínimo la distancia entre Rascafría y La Granja, de ahí que hasta 1927, en que se abrió la carretera por Cotos y Navacerrada, fuese el más usado para ir de uno a otro pueblo, por más que hubiese que sortear a media jornada el puerto del Reventón, cuyo nombre rima con el exabrupto que mejor lo define.

De lo cabrón (con perdón) que era el trayecto daba parte un itinerario militar de 1867: “La pendiente es muy fuerte y difícil, y el camino se reduce a una senda, que atraviesa un espesísimo monte de robles para cuyo paso es indispensable un guía”. “Hágase a pie o a caballo”, remachaba en 1919 un socio del Club Alpino, “el resultado es siempre el mismo: se termina reventado. Sólo en caso de extrema necesidad, como por ejemplo, huyendo de la Guardia Civil, volveríamos a trasponer este paso”. Y si esto lo escribían guerreros y alpinistas, ¿qué frémitos, votos, jeremiadas, resoplidos y 'mecagüenlás' no soltarían otros de inclinaciones menos masoquistas?

Para no espantar a los excursionistas, debemos aclarar que aquella trocha de mulas fue acondicionada en fechas más recientes como camino de carros, tal vez para abastecer las posiciones republicanas del Reventón durante la guerra civil, y hace sólo seis años, señalizada con postes numerados, de modo que hoy podemos disfrutar sin extraviarnos ni echar los bofes de uno de los mejores robledales de la región, el de los Horcajuelos, resfrescados por su sombrosa fronda y por las aguas que hinchen el arroyo del Artiñuelo: un bosque que es vestigio intacto del que copaba el valle del Lozoya antes de que las talas a matarrasa y las repoblaciones con pinos mudasen su agreste faz.

En busca del camino de la Reina, de los Horcajuelos o del Reventón –que de las tres formas se conoce–, salimos de Rascafría subiendo por la cuesta del Chorrillo, entre las escuelas y el polideportivo, y nos colamos a través de una portilla peatonal en un praderío donde las yeguadas pacen sobre el telón de fondo de Peñalara y la cartuja de El Paular. Gocemos de la vista, porque al llegar al poste señalizador número 9, tras pasar una nueva cancela, vamos a zambullirnos en un robledo espeso y opaco como una cámara acorazada.

Éste de los Horcajuelos es un soberbio bosque de roble melojo o rebollo ('Quercus pyrenaica'), el árbol más castizo de la sierra madrileña y el más boyante hasta que sufrió el expolio de los carboneros, ganaderos y promotores inmobiliarios. Y realmente cuesta entender que, en nombre de los usos tradicionales, se siga en muchos pueblos explotando (y comercializando) su leña, cuando ya los métodos son otros –motosierra y tractor en vez de hacha y borriquilla– y las chimeneas sirven para lo mismo que una tele durante la siesta.

Tras una hora y media de subida, salimos del robledal por una tercera portilla para alcanzar al poco una nítida encrucijada. Aquí abandonamos el camino señalizado, que continúa ascendiendo en fatigoso zigzag hacia el puerto del Reventón, y tomamos a la derecha por una pista horizontal que pasa enseguida junto a una superposición de rocas que unos llaman la Tortuga –en verdad lo parece– y otros, más aficionados a las leyendas, el Carro del Diablo.

Por dicha pista nos aguarda una hora de plácido paseo a través de regatos y pinares de repoblación, la mirada posada en el fondo del valle, donde cabrillea el embalse de Pinilla. Así, hasta llegar al raso de la Cierva, en que la pista se bifurca y nosotros cogemos el ramal de la derecha para bajar de nuevo al pueblo –una hora y media más, cuatro en total– serpenteando por la dehesa de Rascafría, otra hermosa selva de robles, algunos de los cuales tienen más de 300 años.

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