Daganzo tiene rápido acceso por la carretera de Barcelona (N-II),
desviándose poco antes del kilómetro 20 hacia Ajalvir,
del que queda a tiro de piedra. El puente sobre el Torote, punto de
partida de esta excursión, se halla a tres kilómetros
del pueblo, en la carretera de Alcalá (M-100). Hay varios autobuses
al día a Daganzo de la empresa Consol (tel.: 91-889 1605),
con salidas desde Madrid y Alcalá de Henares |
recorrido
apto para bici de montaña, optando en tal caso por el camino
carretero que remonta el arroyo y lo vadea en repetidas ocasiones.
En bici o a pie poner especial cuidado en no pisar los cultivos |
recomendable
para la primavera, época en que los campos de cereales comienzan
a mostrarse en todo su esplendor. Más adelante, el calor puede
resultar insufrible |
Miguel
Ángel Acero es el autor de 'Madrid, a la búsqueda
de su naturaleza', guía de Libros Penthalon en la que se
propone una ruta algo más larga por esta estepa cerealista.
Itinerario nº 25 |
junto
a la ermita del Espino, por último, hay un merendero con barbacoas
para los excursionistas más previsores |
hoja
20-21 (Algete) del Servicio Geográfico del Ejército
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| La imagen que tenemos del paraíso
siempre es exótica. Los nativos de la llanura ansían la
mar, los ribereños la ampa montaña, los serranos la ínsula
temperada y los isleños la tierra firme y sin límites de
la llanura. A este espejismo de la esperanza se debe el que los madrileños
empeñen hasta el gato para hacinarse en una playa de Levante o
en una estación de los Alpes, y en cambio desconozcan algunos de
los paisajes más gloriosos y más a mano de la región.
A esta torpe ilusión se debe la soledad perfecta que reina en los
campos de Daganzo, a tan sólo 30 kilómetros de la puerta
del Sol.
Trigales y cebadales flamean sobre la más castellana
de las tierras madrileñas, ésta que en tiempos perteneció
al señorío arzobispal alcalaíno: tierra de pan llevar,
tierra ajedrezada de mieses y barbechos en la que ¡socorro!
los reyes del ladrillo visto han comenzado a mover sus
peones, a plantar sus torres, a trenzar sus adosados con caracoleo de
caballo furioso y a poner en jaque la diáfana belleza de unos campos
que, si Dios no lo remedia, pueden acabar como los feos arrabales de Alcalá
de Henares y aun confundirse con ellos.
Pero mientras llega ese día, que ojalá
nosotros no veamos, Daganzo podrá seguir presumiendo de sus horizontes
cereales ¿no has oído nunca, lector, mentar aquel
trigo duro de Daganzo, cuya excelencia pasaba por proverbio
de boca en boca a lo largo y ancho de Castilla; y presumiendo también
de sus caldos, los mismos que dieron pie a Cervantes para escribir el
episodio de la cata en su 'Elección de los alcaldes de Daganzo'.
En este entremés recordemos, un catador afinaba tanto
que decía que sabía el claro vino a palo, a cuero
y a hierro. Y hete aquí que, una vez vaciada la tinaja, en
efecto, hallóse en el asiento de ella un palo pequeño,
y dél pendía una correa de cordobán y una pequeña
llave. ¡Ozú!
Alcaldes, que no alcalde. Y es que Daganzo, oficialmente
llamado Daganzo de Arriba, tuvo antaño un hermano pequeño,
de Abajo o Daganzuelo, que según los cronistas se desvaneció
a principios del siglo pasado sin dejar más rastro que una imagen
de la Virgen del Espino y una ermita a ella consagrada a una legua del
pueblo. La talla fue llevada a la iglesia parroquial buena fábrica
del XV, pero el santuario quedó abandonado a la vera del
arroyo de Torote, y allá sigue, como un navío varado en
la inmensidad de los panes, que así llaman los labriegos castellanos
a sus campos de trigo.
Al puente sobre el Torote que cae a tres kilómetros
de Daganzo, carretera de Alcalá abajo se llega el caminante
para buscar aquella soledad de soledades remontando las quedas aguas hacia
el norte, siempre por la margen derecha. (No se deja seducir por el camino
carretero de la orilla contraria, pues sabe que luego son muchas las ocasiones
en que obliga a vadear el arroyo). Sauces, fresnos, chopos y olmos treman
en los meandros de este afluente del Jarama; grajillas y carracas anidan
en sus cantiles; conejos y liebres pululan en las madrigueras de sus ribazos;
mientras que, a mano izquierda del excursionista, oculta en la espesura
paniega, alienta una secreta muchedumbre de avutardas, sisones, gangas,
alcaravanes, calandrias y otras especies aladas que han sido causa de
la declaración como ZEPA (Zona de Especial Protección para
las Aves) de las estepas cerealistas comprendidas entre los ríos
Jarama y Henares.
Siguiendo la mínima vereda que serpentea entre
el cauce del Torote y la besana de los cultivos, el caminante avanza alrededor
de cuatro kilómetros hasta dar vista a la ermita del Espino. Aquí
traza el arroyo una enorme curva y al excursionista se le plantea un dilema:
continuar aguas arriba y acercarse al santuario por la orilla de un regato
que confluye en el Torote a cosa de un kilómetro; o atrochar por
la linde de campos arados y entrepanes cuajados de amapolas. Previsiblemente,
se decanta por lo segundo: por el surco y la flor humilde que son el pan
de cada día en este paraíso castellano. |