| Los moros le llamaron 'sara', simplemente
matorral, acaso porque acababan de llegar del desierto y no sabían
discernir un cantueso de un rosal. A los cristianos, que sí sabían,
el nombre les debió de sonar exótico y con él se
ha quedado: jara. Enamorada del sol y del suelo pobre cuanto más
ácido, mejor, esta gitana ha hallado en los montes pizarrosos
del noreste madrileño terreno pésimamente abonado y allí
campa a sus anchas. Pueblos como Serrada, Berzosa o Robledillo yacen en
la alfombra verdinegra de la comarca de la Jara. Un tapiz que, en llegando
mayo, florece unánime.
Jara pringosa es la especie que boya en estas soledades;
jara mera y pegadiza cual verso de la serranilla, que no en balde fue
señor de estas tierras, otrora de Buitrago, aquel viril y dulce
marqués de Santillana: Madrugando en Robledillo / por yr
buscar un venado, / fallé luego al Colladillo / caça, de
que fui pagado. / Al pie de essa grant montaña, / la que diçen
de Verçossa, / ví guardar muy grant cabaña / de vacas
moça fermosa. / Si voluntat no m'engaña, /no ví otra
más graçiosa: / si alguna desto s'ensaña, / lóela
su namorado. Tierras hoy de casi nadie, apenas 200 vecinos, en las
que emprenderemos nuestra andanza en pos de la presa de El Villar.
Al pie de essa grant montaña, que
sin duda era (y es) Peña el Águila y sus estribos meridionales,
hállase plantada Serrada de la Fuente, con su iglesia de San Andrés,
sus casas de piedra y horno adosado, su plazuela, su bar y su fuente.
No tiene Serrada grandísimos monumentos, pero sí una ruta
de belleza monumental: la que, bajando por la calle de las eras, enlaza
con una pista forestal hacia el suroeste para, después de salvar
varios regatos umbrosos, culebrear interminablemente por los fragantes
dominios de la jara.
Pinos resineros de porte raquítico, plantados
muy a su pesar en este 'gulag' de esquisto y mica, tratan en vano de hacer
sombra al ubicuo jaral. Y es que el ládano que segregan las pringosas
(de ahí su nombre científico: 'Cistus ladanifer') parece
ser que inhibe el crecimiento de cualquier otra planta. Cosa curiosa,
el ládano se empleaba antaño como sedante y entraba en la
composición del emplasto regio, ¡mano de santo para las hernias!
Y más curiosa aun: se extraía haciendo circular un hatajo
de cabras por un jaral para, a continuación, peinarles las barbas;
también se utilizaba a hombres con mandiles de cuero, pero los
sindicatos debieron de poner el grito en el cielo y comenzó a estudiarse
la posibilidad de hervir las jaras sin más. Hoy sólo se
usa como fijador de perfumes.
Alrededor de diez kilómetros separan Serrada de
El Villar: dos leguas escasas de camino por pista franca entre jaras reventonas
de albos florones. Como reventón está este embalse del río
Lozoya que, al límite de su capacidad (22 hectómetros cúbicos),
se alivia del sobrante en formidable cascada. Erigida en 1879, la presa
no sólo es la más antigua de las que aún se encuentran
en servicio en nuestra comunidad, sino la primera de su género
(gravedad) que se construyó en Europa, adelantándose en
esto Madrid al resto del planeta en un tercio de siglo. Para más
lujo, colocó la primera piedra el entonces ministro de Fomento
don José Echegaray, a quien años más tarde le tocaría
el premio Nobel de Literatura.
Asomado al murallón de 45 metros que ciñe
tanta dulzura, el excursionista se debate entre: a) no me complico la
vida y vuelvo sobre mis pasos; o b) completo el circuito alrededor del
embalse aunque me deje las uñas de los pies. En caso de elegir
b), lo menos azaroso es proseguir por carretera hasta Manjirón
y allí preguntar por la antigua cañada de Paredes de Buitrago;
siguiendo el tendido eléctrico, el tozudo excursionista se plantará
en la anciana presa del Tenebroso y, después de cruzarla, seguirá
hacia el norte hasta Paredes para, de nuevo por asfalto, personarse en
Serrada poco antes de que se acueste el sol sobre los jarales floridos.
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