RUTA nº 125 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 2 Distancia desde Madrid: 87 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  DEHESA BOYAL DE MONTEJO
SIGLOS DE VERDOR
Estos pastos comunales, regulados por antiquísimas normas, son uno de los últimos paisajes inalterados

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Montejo de la Sierra tiene su acceso más directo por la carretera de Burgos (NI), desviándose nada más pasar Buitrago por la M-127 hacia Gandullas y Prádena del Rincon, de donde dista un par de kilómetros. Hay autobuses de Continental Auto cada día (91 314 5755)
el Centro de Recursos de Montaña de Montejo de la Sierra (91 869 7058 y 91 869 7217) ofrece información sobre ésta y otras sendas en la calle Real 1, a la salida del pueblo, justo donde se ha de iniciar la excursión
Recomendable en cualquier época y para personas de toda edad y condición física. Las señales – trazos verdes y rojos – están algo borrosas
esta ruta se describe con más detalle en la guía Cinco rincones tiene esta sierra, editada por la Mancomunidad Sierra del Rincón, a la venta en el mismo centro
hojas 19-18 (Prádena) y 20-18 (Tamajón) del Servicio Geográfico del Ejército o las 458 y 459 del Instituto Geográfico Nacional

Echado debajo de un fresno copudo, cuyas ramas desnudas exhiben la madrugadora flor, el excursionista contempla a ras de suelo la pradera esmaltada de margaritas y violetas. Las mariquitas caracolean en las matujas de santolina. El mirlo brinca por entre los rosales y las zarzas verdeantes. Mil avecicas se llaman de roble a roble, enmudeciendo cuando la brisa hace crujir las hojas añejas, las que aún permanecen aferradas al árbol, cosidas con hilo doble, como decía el poeta. Las abejas zumban sobre las níveas inflorescencias del endrino. Asoma la lagartija. Revienta la yema. Bulle la vida. Ya es primavera en la dehesa boyal de Montejo de la Sierra.

El excursionista ha salido a ver este milagro caminando desde las últimas casas de Montejo por la carretera de La Hiruela y, cuando llevaba andados unos 500 metros –diez minutos, poco más o menos–, se ha desviado a la izquierda por un camino de tierra, señalizado con marcas de pintura verde y roja, que zigzaguea por la peña de los Balagares. Este paraje es un roquedo de esquistos alterados donde, entre las brillantes micas, se dice que abundan los granates de buen tamaño, pero el excursionista, después de mucho rebuscar, lo único que ha encontrado de bermeja color es un escaramujo o tapaculo, probablemente defecado por un zorro.

Esas micas tachonan como estrellas el camino que, entre cercas de piedra, conduce sin pérdida posible hasta la portilla metálica de la dehesa boyal. Antiquísimas ordenanzas regulaban el uso de este predio comunal, reservado durante siglos para “los bueyes y bacas que aran de continuo”. El 25 de abril, cada vecino de Montejo encerraba en la dehesa su yunta –las dos reses utilizadas en la labor– a fin de aprovechar los pastos primaverales y evitar que el ganado dañase los cultivos. Los centenales que cubrían antaño Montejo desaparecieron, pero la verde dehesa permanece intacta, como un pedazo de tradición viva, de paisaje antiguo y venerable.

Una vez franqueada la portilla, el excursionista ha seguido subiendo de frente, sin camino aparente, por lo alto de una loma herbosa salpicada de robles melojos y fresnos. Así, manteniendo el rumbo norte, hasta topar un pétreo chozo pastoril de planta circular y unos cuatro metros de diámetro, con techo de lajas y cepellones de pastizal. Y en un periquete, por senda ya bastante nítida, ha desembocado en el camino viejo de Riaza, una ancha pista de tierra por la que, avanzando hacia la izquierda, ha sentido enseguida el dulce rumor de la reguera de la Tejerilla, la acequia que baja el agua del monte hasta los pocos huertos que aún quedan en Montejo.

Tomando por el primer desvío a la izquierda, el excursionista ha emprendido el regreso hacia el pueblo escoltado por espesas matas de robles. Suerte que, por uno de los pocos claros de la fronda, ha acertado a atisbar las pilas de riego de Montejo, las tres grandes balsas en que se almacena el agua de la reguera, porque al dirigir sus pasos hacia ellas ha descubierto, a la caída del monte, las praderas más amenas que quepa imaginar. Y ahora, tumbado a la vera de un fresno copudo, no se cansa de mirar las galas de esta primavera temprana, y se siente tan optimista y henchido de vida que, por un instante, llega a olvidar que la dehesas boyales, las regueras, los chozos..., son ya casi antigüedades de museo, trozos de un paisaje madrileño sobre el que se cierne un invierno definitivo.

De las praderas que rodean las pilas de riego de Montejo, y de toda su dehesa boyal, el excursionista levanta acta fiel en su memoria por lo que pueda ocurrir en el futuro. Luego reanuda el camino donde lo dejó, avanzando hacia el sur por la pista abierta entre la espesura de jóvenes melojos, nunca demasiado lejos de la reguera de la Tejerilla; rebasa un par de portillas, pasa por la izquierda de un depósito de agua y enfila por entre los huertos de frutales floridos hacia las primeras casas de Montejo de la Sierra.

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