RUTA nº 082 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 75 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  PEÑA MUÑANA
CABEZA DE CADALSO
Pinares, viñedos, canteras y restos de un poblado medieval salpican este picacho de la Sierra Oeste

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a Cadalso de los Vidrios se accede yendo por la carretera de los pantanos (M-501) hasta Pelayos de la Presa, donde hay que desviarse a la izquierda por la M-541. Esta serpenteante carreterilla, una de las más bonitas de la región, es la misma por la que empezaremos a andar una vez llegados a Cadalso. Hay autobuses de El Gato (teléfono 91 530 4459) desde la Estación Sur
ideal para hacer con niños, abuelos y toda la familia en cualquier época del año excepto en verano
en verano Cadalso es un horno
Fernando Sáez de Lara es el autor de Castillos, fortificaciones y recintos amurallados de la Comunidad de Madrid, un exhaustivo catálogo – editado en 1993 por la Dirección General del Patrimonio Cultural - en que se incluye la descripción del poblado fortificado de peña Muñana y otros restos medievales de Cadalso
hoja 17-23 del Servicio Geográfico del Ejército, o 580 del Instituto Geográfico Nacional. El regreso puede hacerse por el flanco oriental de la peña, siguiendo las señales rojas desde el marcado rellano que hay a media ladera

“Moriréis en Cadalso”, dicen que le dijo una adivina a don Álvaro de Luna. Y el condestable –que acostumbrado a hurtar lo ajeno, creyó poder también hurtarse al destino– no volvió a pisar Cadalso de los Vidrios, que a la sazón era aldea de Escalona, una entre mil de su vasto señorío. Mas al fin –es fama–, don Álvaro perdió la privanza del rey, y con ella, en 1453, la cabeza en un cadalso de Valladolid, verificándose así el augurio con minúsculas y el mayúsculo lamento que en su boca puso el marqués de Santillana: “¿Qué se fizo la moneda / que guardé para mis daños / tantos tiempos, tantos años, / plata, joyas, oro é seda? / Ca de todo non me queda / si non este cadahalso...”

Los peritos en topónimos aseguran que el nombre de Cadalso equivale a lugar fortificado –tal es, poco más o menos, la tercera acepción que de cadalso da la Real Academia–, pero no señalan cuál es o fue esa fortaleza, porque no les pagan por concretar. En el 'Catálogo de castillos, fortificaciones y recintos amurallados de la Comunidad de Madrid', consta que la muralla de Cadalso de los Vidrios, de la que sólo queda un fragmento en la calle Real, era obra de finales del XIV, mientras que el nombre del pueblo aparecía ya en documentos del siglo anterior. Castillo no hubo, ni antes ni después: el marqués de Villena empezó a erigir uno tras la muerte de don Álvaro, pero no lo terminó, y tampoco está claro que se aprovecharan sus ruinas para construir el espléndido palacio de los Duques de Frías. El catálogo sí registra, en cambio, la existencia de restos de un poblado fortificado, acaso árabe, en la vecina Peña Muñana, y esto es motivo suficiente para que subamos a indagar.

La Peña Muñana, Muniana o de Cadalso –que de las tres formas se llama– levanta su cabeza granítica a la vera misma del pueblo, 240 metros por encima de éste y 1.044 sobre el nivel del mar. A poco que uno se fije, verá claramente por dónde hay que hincarle el diente, pues si bien la vertiente septentrional –ladera izquierda, según se mira desde Cadalso– parece suave y pinariega, la cara sur se intuye resbaladiza, bronca y arisca como un gato en remojo.

El camino por el norte, en efecto, resulta ser algo más accidentado que la calle de Preciados, pero poco más. Saliendo de Cadalso por la carretera de Pelayos, nos plantaremos en un cuarto de hora ante la puerta del cámping El Pinar de Cadalso, y en diez minutos más, siguiendo la pista de tierra y balasto que aquí mismo nace, alcanzaremos una viña cercada con una alambrada. Cien metros más adelante, sale a la derecha un caminito que sube hasta unas canteras abandonadas, en las que tiraremos a la izquierda por una nítida senda –señalizada más arriba con hitos y trazos de pintura roja– que nos permitirá coronar la peña como a una hora del inicio.

Tres cabezos graníticos separados por una pequeña explanada central componen la cumbre. En el más alto, hay una caseta de vigilancia de incendios, un vértice geodésico y un negro crucifijo. Y hay también las mejores vistas: al noroeste, Gredos; al noreste, Guadarrama; entre ambas sierras, el tajo del Alberche; a nuestros pies, los tejados de Cadalso, y por doquier, un mar de pinos piñoneros y resineros, ejércitos de vides y canteras de piedra berroqueña.

El cabezo meridional –unos diez metros más bajo– depara la sorpresa de un bosquete de arces. El occidental, un roído muro de calicanto, probable vestigio de una torre defensiva. Mientras que la explanada central presenta abundantes restos de una cerca perimetral de mampostería a hueso, ruinas circulares de míseros chozos y un sillón natural de granito, a modo de trono, que sin duda probó alguno de los pobladores sintiéndose un rey entre tanta estrechez. ¿Pero quiénes fueron aquellos infelices? Quizá moros –se dice en el mentado catálogo–, que tras la reconquista cristiana, en el siglo XII, siguieron llevando aquí una vida montaraz, marginal, insegura, condenados para sécula a expiar su derrota en este alto cadalso de piedra.

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