RUTA nº 155 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 68 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  LA RUTA DEL VINO
PAISAJES DE GARNACHA Y ALBILLO
Una caminata por los campos de San Martin de Valdeiglesias zona de antigua tradicion vitivinícola

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San Martín de Valdeiglesias, principio y fin de esta ruta, tiene acceso yendo por la carretera M-501 (de Alcorcón a Plasencia). Hay autobuses de la empresa Cevesa (teléfono 91 539 3132), que salen de la estación Sur, en Méndez Álvaro
Ruta apta para hacer en bicicleta la zona es frecuentada por numerosas rapaces. El Centro de Recursos Naturales y Turísticos Álvaro de Luna (calle del General Martínez Benito; teléfono 91 861 2933) proporciona información sobre rutas para practicar el senderismo por San Martín de Valdeiglesias, así como sobre otras actividades y alojamientos
es recomendable en cualquier época del año, salvo pleno verano
existe un mapa de esta ruta en el panel informativo que hay junto a la Casa de la Juventud; no obstante, es aconsejable llevar la siguiente cartografía para seguir la ruta: hojas 17-22 (San Martín de Valdeiglesias) y 17-23 (Méntrida) del Servicio Geográfico del Ejército o las 557 y 580 del Instituto Geográfico Nacional

Ahora que todo el mundo está descubriendo los vinos de Madrid, y entre ellos los de San Martín de Valdeiglesias, como si fueran logros recientes, quizá convenga recordar que, ya en el siglo XVII, los regidores de Ávila y Segovia reconocieron su calidad suprema al establecer que “sólo las tabernas muy especializadas” pudieran vender el auténtico caldo de San Martín bajo la denominación de pardillo blanco. El distingo levantó ampollas entre los viticultores de Cebreros (Ávila), que llevaron incluso el caso a los tribunales arguyendo que “si ellos lindaban con San Martín, tenían las mismas tierras, la misma variedad de cepas y los mismos sistemas de elaboración, no tenía su vino por qué ser inferior en calidad”. Les dieron la razón, pero en el acta de la historia –que es la que cuenta– ha quedado constancia de los elogios que Cervantes, Lope, Tirso, Francisco de Rojas, Salas Barbadillo, Castillo Solórzano y otros personajes egregios hicieron del “mejor vino de España, néctar delic ioso, que se hace imprescindible en las fiestas de la Corte”.

San Martín es, después de Arganda, la zona vitivinícola más importante de la región, con 4.000 hectáreas de viñedos repartidas por nueve municipios del lejano oeste madrileño y tres grandes bodegas –en San Martín, Cadalso y Cenicientos– con una capacidad total de 5.600.000 litros, si bien sólo el 7% del vino producido en la comarca se embotella bajo la denominación de origen Vinos de Madrid. Aquí, las cepas de uva garnacha (tinta) y albillo (blanca) medran sobre arenas de origen granítico con muy baja fertilidad, lo que, según los enólogos, da reciedumbre y finura a los caldos, dos cualidades que para el resto de los mortales son contradictorias.

Pero el vino de San Martín, siendo muy meritorio, no reclamaría nuestra atención si no fuera por el papel que ha jugado el cultivo de la vid en la preservación de unos paisajes que se han mantenido intactos desde que los monjes del monasterio de Pelayos lo introdujeron en el siglo XII. Piénsese en aquellos Carabancheles o en aquel Móstoles donde antaño proliferaban los viñedos, y hoy las colmenas de ladrillo, y se comprenderá el porqué de esta ruta del vino.

La ruta empieza en la Casa de la Juventud de San Martín –antiguo apeadero del tren del Tiétar, que nunca entró en servicio–, desde donde nos echamos a andar por la avenida del Ferrocarril, casi como si nos dirigiésemos al cerro de Guisando, el cual se alza bien visible a poniente. Esta calle asfaltada y su prolongación de tierra –que no son sino la explanación de la vieja línea férrea– nos van llevando por entre las últimas casas y naves del pueblo, obligándonos a cruzar la carretera N-403 a la altura del hito del kilómetro 80 y, media hora después, la M-501, muy cerca ya de un picadero.

A la vera del camino, llano y rectilíneo como la vía que pudo ser y no fue, pequeños viticultores avanzan cual peones por los arcidriches de los viñedos sulfatando, rodrigando, caponando, desbarbillando, deslechugando, despampanando e incluso labrando con arado y mula, tal cual vemos hacer a Aniceto Mangas, sexagenario de Cadalso, que a cambio de un pitillo nos convida a un largo trago de su bota, llena de joven tinto de 15 grados, áspero y mareante como el dejo que dejan los muchos gerundios de este párrafo.

Cumplida una hora y media de paseo –seis kilómetros–, abandonamos la vía recta por un camino que sale a la izquierda poco antes de cruzar el arroyo de Tórtolas –el único cauce que veremos en todo el recorrido–, cuyo curso remontamos por la margen derecha pasando por detrás de una granja-basura, por delante de unos invernaderos de plástico y bajo un grande y solitario pino piñonero. Junto al árbol surge un desvío, de nuevo a la izquierda, que sube a repecho al cerro pinariego de Peña Caballera, donde entroncamos con el camino de los Marañones y emprendemos, ya con la población a la vista, una bajada dulce como los afrutados vinos de San Martín.

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