RUTA nº 159 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 68 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  PINAR DEL CONCEJO
UNA MONTAÑA DE PIÑONES
Árboles seculares invitan a pasear por este monte de Cadalso, siguiendo un cordel de ganado trashumante

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al Pinar del Concejo se va por la 'carretera de los Pantanos' (M-501) hasta Pelayos de la Presa, donde se ha de coger el desvío a Cadalso (M-507) y avanzar por esta serpenteante carreterilla 6,7 kilómetros para, nada más atravesar la N-403 (Ávila-Toledo), descubrir a manderecha el cartel que señaliza el acceso de este monte
Ruta apta para hacer en bicicletaruta que ni pintada para pedalear en bicicleta de montaña o paseo
se recomienda en invierno: el pinar está más solitario que nunca y tiene el aliciente añadido de poder aprovechar las piñas que han quedado olvidadas durante la recolección
Francisco Javier Cantero Desmartines y Antonio López Lillo han escrito 'Árboles singulares de Madrid', un minucioso inventario arbóreo de la Comunidad de Madrid, editado por la misma en 1995, en el que se describe el Pino Carretero. Véase pág. 153
hoja 17-23 del Servicio Geográfico del Ejército o la 580 del Instituto Geográfico Nacional

La escena de varios hombres reunidos en torno a un árbol es moneda corriente pero de valor eterno. Plinio aseguraba que el primer templo fue alrededor de un árbol. Con análoga seguridad se puede afirmar que también lo fueron el primer estrado, el primer patíbulo, la primera morada... Y, sin duda, lo será la última, cuando todos reposemos en frías yacijas de madera a la parca sombra de un ciprés. El Pino Carretero de Cadalso de los Vidrios pertenece a esa estirpe ancestral de los árboles sociables, árboles de estar, a cuyo arrimo se ha escrito una página –o, siquiera, un efímero renglón– de la historia de la humanidad.

En derredor de este pino piñonero aparcaban sus carretas los vaqueros que, en su trashumar desde el Guadarrama al valle del Tiétar y desde Gredos a las dehesas de Toledo, atravesaban el Pinar del Concejo por el cordel de ganado que todavía hoy, aprovechado como pista forestal, pasa a la vera de este árbol singular; unas carretas –conviene aclarar– en las que no sólo viajaban los pastores, sino las terneruelas recién paridas. Pero este ajetreo cesó en los años 40 del pasado siglo, y el pino que durante décadas dio sombra a la pastoría, amén de respaldo, muelle pinocha dormidera e invernizos piñones, se ha quedado más solo que el último mayo de un pueblo abandonado, con ese aire de doblemente solos que tienen los individuos populares cuando dejan de serlo.

Como para compensarle de este desaire, la naturaleza ha permitido que el Pino Carretero tenga ahora unos 130 años bien lozanos, 29 metros de altura, 3,70 de perímetro en la base del tronco y una gallarda copa redonda de 25 de diámetro que se forma a 8,5 del suelo. Hasta 1.100 piñas llega a dar en los años más fecundos; piñas que, con un par de piñones por escama, han rodado lo suyo al ser usadas durante años para numerosas reforestaciones, por lo que debe suponérsele a este gigante una prole de dimensiones bíblicas.

Éste y otros soberbios ejemplares centenarios saldrán al paso de los excursionistas que, desde el punto kilométrico 6,700 de la carretera de Pelayos a Cadalso, tomen a la derecha por la pista que se adentra en el Pinar del Concejo siguiendo las aguas del arroyo del Boquerón. Es el mismo camino de antaño, el cordel de ganado, por el que las reses trashumantes descendían raudas, repicando cencerros, sabedoras de que a un par de kilómetros –las vacas saben más de lo que parece– alzábase el Pino Carretero, donde sus amos acamparían y a ellas les darían cuartelillo para pastar a sus anchas. Junto al pino, la ruinas de la Casa de la Resinera hablan de explotaciones forestales caducas. Las piñas, empero, siguen recolectándose con algún beneficio.

A tal efecto, allá por septiembre, el monte entero –unas 800 hectáreas– se subasta indiviso en Cadalso, y hay quienes pagan más de un millón de los de antes por aprovecharlo. Llegado el invierno, sírvense de un garabato, o palo con la punta en gancho, tanto para encaramarse a los árboles como para tirar las piñas maduras. Todas van a parar a la capital del piñón: Valladolid.

Poco más allá de la casa y del pino, la pista se bifurca, debiendo los excursionistas tirar por el ramal de la izquierda para ir a salir, en otro par de kilómetros, a la carretera de Cadalso a San Martín de Valdeiglesias. Siguiéndola a mano derecha cosa de un cuarto de hora, toparán un caminito de tierra que se desvía –según anuncia una señal– hacia una residencia canina; un caminito que, después de rebasar la perrera y varios viñedos, corre entre magníficos pies aislados de pino piñonero –uno de ellos, a guisa de candelabro– para ir a dar de nuevo a la pista forestal cerca del Pino Carretero.

Si nuestros cálculos no fallan, los excursionistas llevarán para entonces dos horas de caminata y, a fin de reponer fuerzas, harán bien en recostarse en el tronco del Pino Carretero a echar un trago, tomar un piscolabis y rumiar recuerdos, representando de paso, sin saberlo, una escena tan antigua como la propia humanidad.

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