RUTA nº 401 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 36 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  PRESA DE VALMAYOR
VALLE PERDIDO, MAR GANADO
Encinares y aves acuáticas amenizan el camino por la margen oriental del segundo mayor embalse de Madrid

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al embalse de Valmayor se accede yendo por la autopista de A Coruña (A-6) hasta Las Rozas y luego por la carretera de El Escorial (M-505). Tres kilómetros después de Galapagar, aparece un desvío a la urbanización Los Arroyos y, a mano contraria, arranca el camino que bordea el embalse
pista, senda de pescadores y costa virgen 
Javier Zarzuela Aragón es el autor de 'Excursiones para niños por la sierra de Madrid', guía de Ediciones La Librería (tel.: 91-541 7170) en la que se proponen distintas rutas por el embalse de Valmayor, incluyendo itinerarios para hacer con bebés en carrito y para personas en silla de ruedas. El paseo que nosotros describimos sólo está recomendado para niños de seis años en adelante
hoja 18-21 del S.G.E. o la 533 del I.G.N.
el mayor atractivo del embalse es la gran cantidad de aves migratorias e invernantes que pueden verse en las épocas recomendadas

Antes de 1976, en que a Valmayor le cupo la suerte de convertirse en el segundo mayor depósito de agua potable de la región, éste era un valle de égloga por el que corrían el río Aulencia y sus tributarios, el lince ibérico y las melenudas usuarias de la Cañada Real Segoviana. Al norte, allá por las casas del Rico y del Pobre, se encontraba el puente del Tercio, de un solo ojo, construido por Marcos de Vierna para que Carlos III pudiera cruzar más cómodamente el valle por el nuevo camino de Galapagar a El Escorial. Y a su vera, erigida sobre un peñasco, la cruz del Tercio, que desde el siglo XVII señalaba el límite entre Navalquejigo y La Fresneda.

Hoy, la cruz languidece transplantada en el centro de El Escorial, a la salida de un tunél, como una señal de tráfico más. El puente cría verdín bajo las aguas, suplantado por un viaducto de 700 metros sobre la cola del embalse. Los rebaños son de urbícolas que dejan a su paso basuras mil, sobre todo, y mejor no saber por qué, aplicadores de tampones. Y, en lugar del lince, hay quien dice haber visto un cocodrilo africano... A lo mejor era un visón americano. O un siluro asiático. O un aplicador mutante. Nada es lo que era ni lo que parece en Valmayor: ni siquiera es el Aulencia el que lo llena, sino que lo hace, mediante el trasvase de Las Nieves, el río Guadarrama.

Desafiando el negro panorama –una técnica testaruda que suele deparar felicísimas excursiones–, nos acercaremos al embalse por la carretera de Galapagar a El Escorial (M-505) y, justo antes de cruzar el mentado viaducto, nos echaremos a andar a la izquierda por una pista de tierra y guijo bordeada de paneles informativos que ponderan la riqueza faunística del embalse. De momento, empero, la única fauna que veremos será alguna pareja de pescadores echando pestes de la plaga de los percasoles, peces mucho más voraces que los cocodrilos e igual de autóctonos (o sea, nada). La antigua carretera, perdiéndose bajo las aguas, completa el cuadro surrealista.

A diez minutos escasos del inicio, sin embargo, el panorama mejorará sensiblemente. Abandonando la pista, que aquí se bifurca –un ramal se adentra en una finca y el otro, señalizado como vía pecuaria, tira monte arriba hacia Colmenarejo–, nos desviaremos a la derecha, por un paso de pescadores, para seguir una senda ribereña que corre llevando a la izquierda un selvático encinar, y a la diestra, una sucesión de playas salpicadas de bolos graníticos de hermosas tonalidades grises y rosas: bellezas que el espejo del embalse duplica, al igual que lo hace con las siluetas del monte Abantos y las Machotas, que se alzan en el horizonte escurialense.

Mejor nos parecerá todavía cuando, a una hora del comienzo, la cerca de piedra que delimita el encinar sea sustituida por otra apenas visible de alambre y lleguemos al final del sendero. Ya solos, sin resto inmundo alguno que denuncie el paso reciente de pescadores y domingueros, continuaremos nuestra andadura por el peñascal costero, sorprendiendo a la vuelta de cada saliente a aves como los cormoranes grandes, que asolearse suelen sobre los islotes próximos a la orilla, o las gaviotas reidoras, cuyas ruidosas bandadas añaden una nota marinera al frío aire serrano, tan exótica como las huellas de nuestras botas sobre la arena intacta de estas playas.

Tras dos horas y media de marcha, veremos despuntar sobre el encinar los chalés y las antenas que anuncian la proximidad de Colmenarejo. Y enseguida, al doblar un cabo como tantos otros, avistaremos la presa de 1.215 metros de longitud que hace 27 años convirtió Valmayor en un embalse de 124 hectómetros cúbicos, sólo superado en nuestra región por el de El Atazar (423). Madrid perdió un valle agreste, pero ganó, para su consuelo, un dulce mar de 755 hectáreas de superficie y 36 kilómetros de riberas que eligen para invernar infinidad de aves acuáticas. La vuelta la efectuaremos por el mismo camino, mas ahora con mejores ojos.

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