RUTA nº 405 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 3 Distancia desde Madrid: 53 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  LA CALLEJA DE PERALEJO
MEMORIA DE GRANITO
Viejas canteras, berruecos colosales y prados bien cercados jalonan un paseo sencillo por este anejo de El Escorial

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Peralejo tiene acceso yendo por la carretera de A Coruña (A-6) hasta Las Rozas, por la M-505 hasta El Escorial y por la M-600 (dirección Valdemorillo) hasta el desvío que aparece señalizado poco después de rebasar el kilómetro 14
pista de tierra y sendero  sin pérdida posible, pues siempre se va entre dos cercas de piedra algunos tramos de la calleja suelen estar permanentemente encharcados
Javier Zarzuela Aragón es el autor de 'Excursiones para niños por la sierra de Madrid', guía de Ediciones La Librería (tel.: 91-541 7170) en la que se describen distintas variantes de esta ruta, cuyo complemento perfecto –pensando en los chavales– es la visita al Centro de Naturaleza Cañada Real (tel.: 91-890 0451), que está frente a la iglesia de Peralejo y abre todos los días de 10.00 a 18.00. Aquí pueden verse de cerca lobos, rapaces, jabalíes, cabras monteses...
hoja 18-21 del S.G.E. o la 533 del I.G.N.

Al sur de El Escorial, entre Valdemorillo y Zarzalejo, queda Peralejo, un lugar chiquitín –el diminutivo no engaña– pero asaz animado: 200 vecinos, seis restaurantes y un centro de recuperación de fauna salvaje, llamado Cañada Real, por el que pasan 20.000 visitantes al año. La suerte de Peralejo, muchos pueblos grandes la quisieran. Mas la suerte de los pueblos cambia. Que se lo digan a Peralejo, que en 1896, en tiempos de vacas flacas, no le quedó otra que agregarse a El Escorial y perder su condición de pueblo. Tampoco es una desgracia terrible: ser un anejo próspero es mejor que ser un pueblo pobre. Más se perdió, dos años después, en Cuba.

Lo que no ha perdido Peralejo, y esto es lo que le distingue de las urbanizaciones sin carácter de sus vecindades –Pinosol, El Ventorro, El Alcor...–, es la memoria, porque la tiene grabada en los discos duros, ¡durísmos!, de sus canteras de granito. De ellas salió la piedra para labrar la iglesia de San Matías (1805), que la vieja, del siglo XV, “ya parecía un pajar”; así lo consignó Francisco Peral, un cura brioso, escribidor y con cierta influencia, pues a su mesa se sentaron personajes como la reina María Josefa o el infante don Juan, inaugurando la tradición gastronómica de un lugar que debe de tener el mayor número de restaurantes 'per cápita' de España.

Detrás de la iglesia, en el restaurante La Horca, se halla la picota o columna de granito donde antaño se colgaba –o, al menos, era aviso de que podía hacerse– a los criminales. Y poco más allá, a la derecha del restaurante La Cuna, nace arropada entre cercas de la misma piedra la calleja que comunicaba Peralejo con la villa de El Escorial cuando el asfalto aún no se estilaba; un calleja por la que hoy vamos a pasear atravesando prados salpicados de fresnos copudos y robles hercúleos, sauces y arces de Montpellier, encinas y enebros... De todo, menos perales, que –bromas de la toponimia– no los hay en Peralejo, la vieja parroquia del padre Peral.

No más salir por la calleja, descubriremos las ruinas del camposanto; cementerio de laborantes, le dicen, pues es fama que en él fueron sepultados numerosos cortadores, labrantes y mamposteros de Peralejo que se dejaron el pellejo en la obra del Escorial. Y, a la media hora del inicio, tras cruzar el arroyo Fuentevieja, llegaremos a una cantera en la que, hasta hace no mucho, el 'Chato', el 'Foro' o el 'Pichuco' demostraron sus duras habilidades con la maceta y el cincel. El lugar, con sus fosas geométricas inundadas en las que se refleja la mole granítica de la Machota Baja, es un noble panteón de los saberes artesanales que el progreso ha exterminado.

Pasada la cantera, la calleja se angosta sobremanera entre cercas devoradas por las zarzas, los rosales silvestres y las madreselvas; bordea la urbanización Pinosol y faldea un altillo peñascoso desde el que se otea toda la sierra de Guadarrama. Allí mismo, en un prado que cae a manderecha, descuella el canto de los Santos, un berrueco colosal con antiquísimas señales de corte. Así es como debió de trocearse otro famoso canto de Peralejo, el del prado de los Reyes, del que, según la tradición, “salieron seis reyes y un santo” –refiriéndose a las ciclópeas esculturas de Monegro que adornan el monasterio de San Lorenzo– “y aún quedó para otro tanto”.

Muy poco más adelante, como a una hora del inicio, la calleja desemboca en una ancha pista de tierra que, a su vez, va rápidamente a morir a la carretera M-600, a la vista de El Escorial. Justo donde acaba la calleja, hay un panel de madera donde los niños del colegio Felipe II de El Escorial han escrito esta frase de Stevenson: “No pido otra cosa: el cielo sobre mí y el camino bajo mis pies”. El eco infantil de este viejo pensamiento nos acompañará durante el regreso (otra hora, por la misma calleja), recordándonos que, mientras corra savia nueva por los antiguos caminos, la memoria de nuestros pueblos, incluso los que ya no lo son, seguirá viva.

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