RUTA nº 086 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 4 Distancia desde Madrid: 47 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  JARDIN DEL PRÍNCIPE
ESPLENDOR EN ARANJUEZ
Este vergel de 150 hectáreas invita a pasear en otoño bajo la fronda dorada de los plátanos, tilos y liquidámbares

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Aranjuez tiene cómodo acceso en tren de cercanías (Renfe, tel.: 902 24 0202). El jardín del Príncipe está a poco más de un kilómetro de la estación –punto en el que recomendamos empezar la ruta a pie, tal como se muestra en el mapa–, yendo por el paseo de la Estación, la avenida del Palacio, la plaza de Santiago Rusiñol y la calle de la Reina
la Oficina de Turismo de Aranjuez (plaza de San Antonio, 9; tel.: 91-891 0427) facilita planos de la población y del jardín del Príncipe. El jardín del Príncipe permanece abierto todos los días, entre octubre y marzo, de 8 a 18,30 horas; acceso gratuito. El museo de Falúas, de 10 a 17,15; lunes cerrado. La casa de Labrador sólo puede ser visitada previa reserva telefónica (tel.: 91-891 0305)
más datos sobre los ejemplares sobresalientes del jardín, en el libro 'Árboles singulares de Madrid', de F. J. Cantero Desmartines y A. López Lillo, editado por la Comunidad de Madrid
hoja 19-24 (Aranjuez) del Servicio Geográfico del Ejército o la 605 del Instituto Geográfico Nacional
para comer como reyes tras el paseo: Asador Palacio de Osuna (Príncipe, 21; tel.: 91-892 42 33), Almíbar (Almíbar, 138; tel.: 91-891 00 97) y Casa José (Abastos, 32; tel.: 91-891 14 88)

La idea, según dicen, pudo ser de Fernando VI, que de cuando en cuando sentíase raptado por Ceres y mandaba plantar verduras en lo que siglos atrás fuera la huerta grande de don Gonzalo Chacón, alcalde de Aranjuez, por el placer de venir a regarlas.

Pero la cosa se quedó en mero ramalazo agrícola y no fue hasta 1772, siendo príncipe Carlos IV, cuando empezó a formarse a capricho suyo este jardín, trazado en parte por Juan de Villanueva y en parte por Pablo Boutelou –apellido ligado a una larga dinastía de jardineros mayores de los reales sitios–, a quien se debió la plantación de los árboles hoy dos veces centenarios que señorean el augusto pensil.

El del Príncipe es uno de los mayores jardines de Europa, con una superficie que ronda las 150 hectáreas –o, para que nos entienda todo quisque, los 300 campos de fútbol–. Al norte, limita con el sinuoso Tajo; al mediodía, linda con la rectilínea calle de la Reina a lo largo de tres kilómetros. Lo pueblan majestuosos plátanos, tilos y castaños de Indias, así como viejos oriundos de América: liquidámbares, ahuehuetes, pacanas, caquis de Virginia...; árboles monumentales que, en otoño, cuando Flora extiende sobre sus copas todos los colores cálidos de su inmensa paleta –amarillos, ocres, dorados y rojizos–, resplandecen de ancianidad y hermosura.

Aprovechando estos días de oro, vamos a dar un paseo siguiendo el perímetro del jardín en el sentido de las agujas del reloj: un paseo de sesgo botánico, en el que los árboles más vetustos serán los hitos que guíen nuestro caminar sobre la crujiente hojarasca.

A tal efecto, entraremos en el principesco vergel por la puerta del Embarcadero –la más próxima al palacio, junto al restaurante La Rana Verde, a un kilómetro de la estación bajando por el paseo de la Estación, pasando de largo el palacio y cruzando la plaza de Santiago Rusiñol– y tiraremos de frente hasta dar en una plazoleta salpicada de pabellones de madera, a cuya vera se alza el imponente plátano de los Pabellones, de 40 metros de altura y dos siglos largos de edad.

Tras rebasar el embarcadero y el museo de Falúas, continuaremos por la vía asfaltada que discurre junto al río hasta que un letrero nos indique el desvío hacia el Jardín Chinesco. Aquí se yerguen, a la orilla del estanque, varios ahuehuetes, el mayor de los cuales mide 46 metros y frisa en los 220 años. De la longevidad de esta especie da cuenta el ejemplar de dos mil años que vive en Santa María de Tule (Oaxaca, México), o su hermano de Popotela, bajo el que se dice que lloró Cortés en la noche triste. También veremos algún añoso ciprés y un larguirucho caqui de Virginia –entre el estanque y una cercana casa de ladrillo–, cuyos apetitosos frutos no hay que catar antes de las primeras heladas so pena de estreñimiento total.

Abandonando el Jardín Chinesco hacia oriente –por el lado del templete de mármol–, cruzaremos enseguida la amplia calle asfaltada de Carlos III, y aún seguiremos atajando hacia naciente por una umbría vereda hasta salir a la no menos ancha calle de Francisco de Asís. Por ésta pasearemos arriba y abajo: en dirección al río, contemplaremos una alineación de portentosos liquidámbares, cuyo follaje vira ahora al amarillo y al rojo vivo; y en dirección contraria, atisbaremos entre la fronda, a mano izquierda, la casa del Labrador, palacete de Carlos IV y María Luisa de Parma lleno de caprichos tales como el gabinete de Platino, con adornos de eso mismo.

Poco antes de llegar a la puerta (siempre cerrada) que limita dicha calle por el sur, se extiende a la diestra un bosquete sombrío, cuajado de yedra e irrigado por una fangosa ría, que sin duda es el rincón más romántico del jardín. Allá dentro, reconoceremos tres árboles prodigiosos: el Plátano Mellizo –dos troncos unidos a una base de 11 metros de circunferencia, como la pata de un dinosaurio–, el de la Trinidad –56 metros de altura– y el Plátano Padre –230 años–. Este último, acaso el más viejo del lugar, queda junto a la puerta de la Plaza Redonda, desde donde volveremos al punto de partida bordeando la verja del jardín, asombrados por su innúmera prole.

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