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| RUTA nº 250 |
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| BAJO MANZANARES | |||||||||
| VIVO CONTRA TODO PRONOSTICO |
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Este tramo final del Manzanares, considerado por cuantos lo conocen como la joya del Parque Regional del Sureste, lo encontraremos a tres kilómetros de Rivas-Vaciamadrid, al final de la carreterilla que conduce hasta la Escuela Nacional de Protección Civil. Poco más allá, descubriremos un puente y, por la pista que cruza el río, nos echaremos a andar a través de una bucólica dehesa de corpulentos fresnos donde pacen vacas y toros bravos, reses sobre las que cabalgan, buscando parásitos, las garcillas bueyeras. Visto lo cual, nos pellizcaremos las carnes para verificar que estamos realmente en las afueras de Madrid, y no sesteando tras un documental de 'La 2'. Así, como en un sueño, nos plantaremos de súbito ante los cortados de la Marañosa, sobre cuyo espinazo se busca la vida –al igual que la garcilla sobre el torete– un pinar de repoblación. Al pie mismo del cantil, junto al anciano cortijo de Casa Eulogio, se nos presentará una bifurcación en la tiraremos a la izquierda, para seguir rodeando el escarpe, ya sin pérdida posible, hasta el final de la jornada. Estos paredones de 60 metros, formados al evaporarse los lagos ricos en sales que anegaban Madrid en el Terciario, han sido erosionados por el río y los meteoros hasta lo indecible, y el peligro de desprendimientos –como advierte un cartel– es también muy real. El acantilado yesífero, con sus mil grietas, oquedades y pináculos, no es sólo un regalo para la vista, sino para la vida, pues en él anidan halcones peregrinos, milanos negros, roqueros solitarios, collalbas negras, grajillas, chovas piquirrojas..., mientras que en el pinar cimero se emboscan zorros, gatos monteses y jabalíes. El bestiario del bajo Manzanares fue antaño mucho mayor, a juzgar por topónimos como el Sotil de los Lobos o el Rincón de los Ciervos. Y luego están los huesos que han ido apareciendo, para pasmo de los paleontólogos, en las cintas continuas de las extracciones de áridos: rinocerontes lanudos, mamuts, bos, tortugas del Mioceno... Describiendo una kilométrica curva a la derecha por la base del cantil, con el Manzanares cada vez más próximo a la izquierda, la pista nos hará rebasar, como a una hora del inicio, la casa de los Conejos, una de las pocas que aún siguen habitadas en la zona, si bien los restos de muchas otras edificaciones y casas-cueva evocan los días no muy lejanos en que 500 familias de campesinos vivían de continuo en las vegas del Manzanares y del Jarama. Ambos ríos confluyen poco más adelante, en un espléndido soto de sauces, tarayes y álamos blancos, donde los ruiseñores, los carboneros y mil otras avecicas trinan como si festejaran la desbandada humana. Como estaba advertido, un reciente derrumbamiento nos cortará el paso por la pista, obligándonos a culebrear entre los bloques para salir al rato junto a una garita almenada –recuerdo de la Guerra Civil– y arribar, tras una hora y media de marcha, a la presa del Rey. A un lado, nace la Real Acequia del Jarama, que desde 1578 riega los cultivos de San Martín de la Vega. Al otro, se extiende la laguna del Porcal, una de las 30 graveras inundadas que salpican el Parque Regional del Sureste, haciendo de él un formidable reclamo para las aves acuáticas. Pero de esto hablaremos largo y tendido cuando visitemos, próximamente, la laguna del Campillo. |
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