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| RUTA nº 448 |
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| CORTADOS DE RIVAS | ||||||||||
| A UN METRO DEL EDÉN |
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Que el Parque Regional del Sureste tenga acceso en metro, es bueno y es malo. Lo malo es que ese mismo metro da servicio a Rivas, la población que más rápido ha crecido en España, pasando en dos décadas de 600 habitantes, la mayoría agricultores, a más de 40.000, la mayoría capitalinos que no han elegido Rivas por amor a los patos, sino porque los chalés son más baratos. Lo bueno es que un amante de la naturaleza (lo que queda de ella) puede dar un paseo de 17 kilómetros entre dos estaciones, la de Rivas-Vaciamadrid y la de Rivas Urbanizaciones, por la ribera salvaje y acantilada del Jarama, sin acordarse del coche en toda la jornada. Con ese propósito, saldremos de la estación de Rivas-Vaciamadrid y atravesaremos el casco antiguo por la calle de San Isidro para bajar a continuación por una carreterilla paralela a la vía. Al cuarto de hora de andar, deberemos desviarnos a la izquierda por una pista de tierra cerrada al tráfico con barrera que trepa al cortado yesífero y bordea a más de 50 metros de altura la laguna del Campillo: una charca de 35 hectáreas y 30 metros de profundidad, orlada de vegetación palustre y frecuentada por aves tan insólitas como —por citar la que más hace frotarse los ojos a los ornitólogos— el águila pescadora, prácticamente extinguida en España. A medida que ganemos altura, iremos descubriendo en lontananza muchas otras lagunas —las diez del Porcal, las cuatro de las Sin dejar la pista, siempre por el borde superior de los acantilados, llegaremos tras dos horas de paseo al vértice geodésico del Campillo. Estupefactos contemplaremos, allá abajo, el río Jarama, adornado de sotos y pequeñas cascadas; los prados de El Piul, tachonados de vacas frisonas, y las lagunas de Velilla, de un azul violento, casi cobalto, como el de los ibones montanos. Y es que este paisaje, a luz de la otoñada, parece menos un arrabal de Madrid que un valle pirenaico. Aquí, tal como se indica en los paneles informativos que jalonan la ruta, comienza el llamado tramo del pinar, una repoblación de pinos carrascos que nos acompañará hasta que, al cumplirse tres horas de marcha, dejemos la pista para subir por una escalera al cerro del Telégrafo. Habremos alcanzado entonces la máxima altura del recorrido —699 metros sobre el mar y 130 sobre el cauce del Jarama— y abarcaremos con la mirada un inmenso panorama: desde la cresta nevada del Guadarrama hasta la alcarria olivarera de Campo Real, que distan una de otra la friolera de 80 kilómetros. Lo que resta es el denominado tramo urbano, cuatro kilómetros de descenso por las calles de Enebro, Almendros, Provincias y Pamplona, hasta llegar a la estación de Rivas Urbanizaciones. Esta última hora no es nada memorable, pero sólo con las tres anteriores tendremos de sobra para soñar, para vivir, hasta la próxima semana. |
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