RUTA nº 448 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 4 Distancia desde Madrid: 19 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  CORTADOS DE RIVAS
A UN METRO DEL EDÉN
Un paseo por los acantilados y lagunas del bajo Jarama, paraíso de avifauna al que se accede en la línea 9 de Metro

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a Rivas-Vaciamadrid se va por la A-3 y tomando la salida Rivas Este. El paseo empieza en la estación de Rivas-Vaciamadrid y acaba en la de Rivas Urbanizaciones, ambas pertenecientes a la línea 9 del metro (teléfono 902 44 44 03), lo que permite prescindir del coche en todo momento
Ruta apta para hacer en bicicletaitinerario lineal, la mayor parte por pista de tierra cerrada al tráfico con paneles informativos
Centro de Educación Ambiental El Campillo (teléfono 600 50 8638): sendas guiadas gratuitas alrededor de la laguna. Muy adecuado también para hacer en bici de montaña (dos horas). Más información. Ayuntamiento de Rivas-Vaciamadrid (plaza 19 de Abril, s/n; teléfono 91 670 0000) y en www.elsoto.org
hojas 19-22,19-23,20-22 y 20-23 del S.G.E.
Tapear: El Candil (teléfono 91 670 4580): en el casco antiguo, gambas a la plancha, bienmesabe, ancas de rana.... Lizarrán (teléfono 91 301 1518): tapeo al estilo vasco, en la zona de las urbanizaciones. Comer: La Posada del Alcalde (teléfono 91 670 0265): carnes rojas a la brasa y asados en horno de leña; precio medio-bajo. Kontraste (91 499 0700): cocina con productos frescos y de temporada, en un entorno minimalista; precio medio-alto. Las Navas (91 301 1423): cochinillo asado, chuletillas de lechal y dorada a la sal; precio alto. La Posta Real (91 672 1274): carne de novilla a la piedra y pescados a la parrilla; precio alto. Palacio del Negralejo (91 669 1125): cocina vasco-castellana; precio muy alto
paseo alrededor de la laguna del Campillo, ruta del bajo Manzanares (de Casa Eulogio a la presa del Rey), senda ecológica de las lagunas de las Madres y carrascal de Arganda

Es fama que cuando en 1863 se inauguró en Londres el primer tren suburbano del planeta, lord Palmerston, a la sazón jefe del Gobierno inglés, no asistió, pretextando que deseaba permanecer el mayor tiempo posible sobre la tierra. Casi un siglo y medio después, los únicos que no viajan en metro son precisamente los fiambres. De hecho, la forma más sencilla de sentirse vivo en una ciudad como Madrid es coger la línea 9 y apearse en Rivas. Allí mismo, a orillas del Jarama, comienzan a reunirse por estas fechas cientos de cormoranes, 3.000 anátidas y 30.000 gaviotas reidoras, un caldo hirviente de ave que devuelve la color al urbanícola más mustio.

Que el Parque Regional del Sureste tenga acceso en metro, es bueno y es malo. Lo malo es que ese mismo metro da servicio a Rivas, la población que más rápido ha crecido en España, pasando en dos décadas de 600 habitantes, la mayoría agricultores, a más de 40.000, la mayoría capitalinos que no han elegido Rivas por amor a los patos, sino porque los chalés son más baratos. Lo bueno es que un amante de la naturaleza (lo que queda de ella) puede dar un paseo de 17 kilómetros entre dos estaciones, la de Rivas-Vaciamadrid y la de Rivas Urbanizaciones, por la ribera salvaje y acantilada del Jarama, sin acordarse del coche en toda la jornada.

Con ese propósito, saldremos de la estación de Rivas-Vaciamadrid y atravesaremos el casco antiguo por la calle de San Isidro para bajar a continuación por una carreterilla paralela a la vía.

Al cuarto de hora de andar, deberemos desviarnos a la izquierda por una pista de tierra cerrada al tráfico con barrera que trepa al cortado yesífero y bordea a más de 50 metros de altura la laguna del Campillo: una charca de 35 hectáreas y 30 metros de profundidad, orlada de vegetación palustre y frecuentada por aves tan insólitas como —por citar la que más hace frotarse los ojos a los ornitólogos— el águila pescadora, prácticamente extinguida en España.

A medida que ganemos altura, iremos descubriendo en lontananza muchas otras lagunas —las diez del Porcal, las cuatro de las Madres...—, todas con idéntico origen que la del Campillo: viejas extracciones de grava y arena que, al alcanzar la capa freática, se inundaron, siendo abandonadas luego a su suerte. Y su suerte fue el milagro que hoy vemos: 123 graveras anegadas y naturalizadas que forman, cerca de la unión del Jarama y el Manzanares —el corazón del Parque Regional del Sureste—, un conjunto lagunero de tal riqueza faunística que hay incluso quien habla del Doñana madrileño.

Sin dejar la pista, siempre por el borde superior de los acantilados, llegaremos tras dos horas de paseo al vértice geodésico del Campillo. Estupefactos contemplaremos, allá abajo, el río Jarama, adornado de sotos y pequeñas cascadas; los prados de El Piul, tachonados de vacas frisonas, y las lagunas de Velilla, de un azul violento, casi cobalto, como el de los ibones montanos. Y es que este paisaje, a luz de la otoñada, parece menos un arrabal de Madrid que un valle pirenaico.

Aquí, tal como se indica en los paneles informativos que jalonan la ruta, comienza el llamado tramo del pinar, una repoblación de pinos carrascos que nos acompañará hasta que, al cumplirse tres horas de marcha, dejemos la pista para subir por una escalera al cerro del Telégrafo. Habremos alcanzado entonces la máxima altura del recorrido —699 metros sobre el mar y 130 sobre el cauce del Jarama— y abarcaremos con la mirada un inmenso panorama: desde la cresta nevada del Guadarrama hasta la alcarria olivarera de Campo Real, que distan una de otra la friolera de 80 kilómetros.

Lo que resta es el denominado tramo urbano, cuatro kilómetros de descenso por las calles de Enebro, Almendros, Provincias y Pamplona, hasta llegar a la estación de Rivas Urbanizaciones. Esta última hora no es nada memorable, pero sólo con las tres anteriores tendremos de sobra para soñar, para vivir, hasta la próxima semana.

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