RUTA nº 462 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 4 Distancia desde Madrid: 26 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  LAGUNAS DE VELILLA
EL DOÑANA MADRILEÑO
Miles de gaviotas, anátidas y cormoranes invenían en estas graveras inundadas del parque regional del Sureste

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a Velilla de San Antonio se puede ir por la autopista de peaje R-3 (acceso directo a Velilla), por la A-3 (salida 22, dirección Alcalá de Henares) o por la M-45 (desvío a Mejorada del Campo). Una vez en Velilla, sólo hay que seguir las indicaciones viales hacia la laguna del Raso.
Ruta apta para hacer en bicicleta senda evidente en algunos puntos embarrada, apta también para bicis de montaña
Ayuntamiento de Velilla de San Antonio (plaza de la Constitución, 1; teléfono 91 670 5300; www.ayto-velilla.es). Descripciones y croquis de rutas por el parque, en www.elsoto.org
hoja 20-22 (Alcalá de Henares) del S.G.E.
Comer: Hotel Velilla (tel. 91 655 3130): solomillitos de pato con vinagreta de grosellas y compota de cebolla; crujientes de queso gouda con caramelo de Pedro Ximénez y riquísima tarta de chocolate blanco; precio medio. Quinta San Antonio (tel. 91 655 3124): especialidad en gambas a la plancha y chuletas de cordero lechal; precio medio-alto. Mirador del Río (teléfono 91 660 7649): carne a la piedra y pescados frescos; precio medio-alto. Palacio del Negralejo (tel. 91 669 1125): cocina vasco-castellana; precio muy alto. Dormir: Hotel Velilla (tel. 91 655 3130): inaugurado en 2004, cerca de la laguna del Raso, ofrece 24 habitaciones con todas las comodidades; precio muy bajo. Mirador del Río (tel. 91 660 7649): a dos kilómetros de la población, con vistas al Jarama; precio bajo
En Arganda (a 11 km): lagunas de las Madres, complejo recreativo con senda botánica y paseos a caballo (teléfono 91 871 9266). En Rivas (a 12 km): laguna del Campillo, con senda perimetral y centro de educación ambiental (tel. 600 50 8638).

Allá por 1970, el bajo Jarama presentaba un aspecto desolador, peor que después de la famosa batalla. Madrid, a sólo 20 kilómetros, vivía el boom de la construcción, y ejércitos de máquinas talaban estos sotos y agujereaban estas riberas en busca de grava y arena. Una tras otra, las graveras se inundaron —cavar cerca de un río es lo que tiene— y se abandonaron a su suerte. Y su suerte fue el milagro que hoy vemos y todavía no creemos: 120 lagunas orladas de carrizos y cañaverales, donde en invierno se reúnen cientos de cormoranes, unas 3.000 anátidas y más de 30.000 gaviotas reidoras. Es un paraíso por accidente. Es (así se le conoce) el Doñana madrileño. Saquear impunemente el medio ambiente, y que luego la propia naturaleza obre un milagroso remedio, es el sueño de cualquier gobernante. De hecho, tras la creación del parque regional del Sureste, en junio de 1994, se han seguido extrayendo áridos en el valle y construyendo infraestructuras tan aparatosas como la autopista R-3, que cruza el Jarama aguas arriba de las lagunas de Velilla, uno de los humedales —junto con las charcas del Porcal y del Campillo, en el vecino término de Rivas— más valiosos de Madrid. Con suerte, cualquier día se establece una colonia de murciélagos rateros bajo el puente, y ya tenemos el paraíso completo.

Así se explica que Velilla de San Antonio, un pueblo que en 1985 sólo contaba con 1.600 habitantes—tan modesto era, que no tenía ni escudo: la torre en llamas que campea en su bandera, supuestamente incendiada por los comuneros, data de 1989-—, haya superado la cifra de 10.000 sin que nadie se haya planteado la inconveniencia de tamaña aglomeración al borde del parque natural. Y así se explica también que, al inicio de la senda que recorre sus lagunas —la del Raso, la del Picón de los Conejos y la del Soto—, no haya un centro de interpretación o un punto de información, como sería de esperar dada su importancia, sino un polígono industrial.

Partir de un polígono no es nada seductor, pero tiene la ventaja de poder apreciar, por contraste, la belleza inhumana de la laguna del Raso, que aparece de sopetón tras las últimas naves, bullente de fochas, ánades reales, porrones pardos y garzas imperiales. Rodeando la laguna por la izquierda, descubriremos la cara más salvaje de río Jarama —más aún que la que muestra en la sierra—, espumeante de rabiones y chorreras, enjaulado entre sauces, chopos, fresnos y tarayes.

Y, al cuarto de hora, nos sorprenderemos caminando por un soto de tal espesura que es como si estuviésemos en algún remoto paraje tropical, y las naves del principio, en Plutón.

Siempre aguas arriba, con el río a la izquierda, llegaremos al Picón de los Conejos, el mayor charcazo de Velilla —60 hectáreas de superficie y 5 metros de profundidad—, donde veremos desde milanos y halcones, hasta cientos (quizá miles) de gaviotas reidoras, patos cuchara, ánades, cigüeñuelas y, asoleándose en las islillas, cormoranes. También veremos, desde el curvazo que el Jarama describe al pie de los cortados yesíferos de Rivas, la silueta de alguna rapaz posada en el cantil, cuya presencia impone un silencio aterrador a las avecicas del soto —mosquiteros, papa-moscas, petirrojos, currucas...—, sólo roto por los graznidos de las chovas.

A una hora del inicio, arribaremos a la tercera gran laguna, la del Soto, cuyas aguas menos pro fundas son de buena querencia de los somormujos. Bordeando luego una plantación de álamos, un maizal y una granja vacuna en la que hay cuchipanda insectívora de palomas y garcillas bueyeras, alcanzaremos el punto en que el camino se pierde en la selva ribereña, el más lógico para dar media vuelta. Para más señas, veremos justo enfrente, colgada del acantilado, la colosal ermita del Cristo de Rivas, antiguo convento de Mercedarios donde se venera, desde 1635, un Eccehomo con fama de milagrero. Lo debe de dar esta naturaleza: obrar prodigios.

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