|
| RUTA nº 462 |
|
||||||||
| LAGUNAS DE VELILLA | |||||||||
| EL DOÑANA MADRILEÑO |
|||||||||
|
|||||||||
|
Así se explica que Velilla de San Antonio, un pueblo que en 1985 sólo contaba con 1.600 habitantes—tan modesto era, que no tenía ni escudo: la torre en llamas que campea en su bandera, supuestamente incendiada por los comuneros, data de 1989-—, haya superado la cifra de 10.000 sin que nadie se haya planteado la inconveniencia de tamaña aglomeración al borde del parque natural. Y así se explica también que, al inicio de la senda que recorre sus lagunas —la del Raso, la del Picón de los Conejos y la del Soto—, no haya un centro de interpretación o un punto de información, como sería de esperar dada su importancia, sino un polígono industrial. Partir de un polígono no es nada seductor, pero tiene la ventaja de poder apreciar, por contraste, la belleza inhumana de la laguna del Raso, que aparece de sopetón tras las últimas naves, bullente de fochas, ánades reales, porrones pardos y garzas imperiales. Rodeando la laguna por la izquierda, descubriremos la cara más salvaje de río Jarama —más aún que la que muestra en la sierra—, espumeante de rabiones y chorreras, enjaulado entre sauces, chopos, fresnos y tarayes.
Siempre aguas arriba, con el río a la izquierda, llegaremos al Picón de los Conejos, el mayor charcazo de Velilla —60 hectáreas de superficie y 5 metros de profundidad—, donde veremos desde milanos y halcones, hasta cientos (quizá miles) de gaviotas reidoras, patos cuchara, ánades, cigüeñuelas y, asoleándose en las islillas, cormoranes. También veremos, desde el curvazo que el Jarama describe al pie de los cortados yesíferos de Rivas, la silueta de alguna rapaz posada en el cantil, cuya presencia impone un silencio aterrador a las avecicas del soto —mosquiteros, papa-moscas, petirrojos, currucas...—, sólo roto por los graznidos de las chovas. A una hora del inicio, arribaremos a la tercera gran laguna, la del Soto, cuyas aguas menos pro fundas son de buena querencia de los somormujos. Bordeando luego una plantación de álamos, un maizal y una granja vacuna en la que hay cuchipanda insectívora de palomas y garcillas bueyeras, alcanzaremos el punto en que el camino se pierde en la selva ribereña, el más lógico para dar media vuelta. Para más señas, veremos justo enfrente, colgada del acantilado, la colosal ermita del Cristo de Rivas, antiguo convento de Mercedarios donde se venera, desde 1635, un Eccehomo con fama de milagrero. Lo debe de dar esta naturaleza: obrar prodigios. |
|||||||||