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| RUTA nº 502 |
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| VÍA VERDE DEL TREN DE LOS 40 DÍAS | |||||||||
| 14 KILÓMETROS EN BICICLETA |
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En febrero de aquel año, al librarse la batalla del Jarama, las tropas leales a la República, que defendían la capital, perdieron el control del ferrocarril Madrid-Alicante, del que dependía el abastecimiento de la ciudad sitiada por los rebeldes. Y allí fue que, para restablecer ese enlace vital, el Gobierno democrático decidió construir un nuevo tren que, partiendo de la línea de Barcelona, en Torrejón de Ardoz, conectase con el tramo aún en su poder de la de Alicante, allá en Villacañas (Toledo). Ello suponía dar un rodeo por las vegas del Tajuña y del Tajo realmente largo y extraño, pero más raro es que el trazado de un AVE se decida en función del pueblo donde ha nacido el gobernante de turno y nadie dice ni pío. Con las prisas que se hizo, el Tren de los 40 Días no podía dejar de tener algún defectillo: los raíles eran chatarra recuperada de vías muertas; los túneles, angostos y sin ventilación, obligaban a pasar a toda marcha, so pena de que los maquinistas pereciesen intoxicados, y los desniveles tan fuertes, que los convoyes casi se paraban en cada cuesta, pese a que los pasajeros aliviaban su carga de naranjas valencianas. Claro, que tampoco las líneas del AVE quedan siempre bien a la primera, ni dan para correr todo lo que se espera. Aunque la vía se desmanteló al acabar la guerra, aún hoy existe la oportunidad de recorrer en bici un tramo bien conservado de 14 kilómetros que, para más comodidad, ha sido acondicionado con asfalto pintado de rojo -un color muy apropiado, históricamente hablando-. Pedaleando desde Carabaña, en la vega del Tajuña, hasta Estremera, ya en la vertiente del Tajo, reconoceremos el mérito de aquella obra fulgurante y la belleza de unos paisajes agrícolas que apenas han variado desde el final de la contienda, como si el sureste de Madrid En Carabaña, pues, comenzaremos nuestra jornada, y lo haremos rindiendo visita a la blanca ermita de Santa Lucía, que, según reza un letrero, fue levantada en el siglo XVI sobre los restos de un templo consagrado a Diana. Muy cerca, emboscado en la alameda del río Tajuña, descubriremos un puente neoclásico de cinco ojos, edificado con los sillares de otro romano, no más cruzar el cual, nos desviaremos a la izquierda, por la pista colorada que enfila rectilínea hacia el sureste, pegada a la carretera de Estremera. Pronto llegaremos a una bifurcación de la vía, donde deberemos tirar a la derecha para, superando un repecho, seguir el rastro asaz evidente de nuestro tren: una serie de profundas trincheras en las que aflora la pálida osamenta del páramo yesífero. Estos primeros kilómetros, que son cuesta arriba, discurren por la ladera de un vallecico lleno de aradas y carrizales, entre espartos, fragantes romeros y bandadas de perdices que se levantan al paso del velocípedo como si hubieran visto una de las resoplantes máquinas de antaño. A los cuatro kilómetros divisaremos a mano derecha Valdaracete, pueblo que debe su nombre (Val-Dar-az-záit, valle de la casa del aceite) a los olivares que veremos en lo sucesivo. Cerca del kilómetro 9 nos toparemos con la cañada real Soriana Oriental. Y, acto seguido, alcanzaremos la divisoria de aguas, de modo que los cinco kilómetros restantes, hasta Estremera, los haremos casi sin dar una pedalada, surcando montes de olivos, almendros y viejas encinas, árboles seculares a los que nuestra vida debe de parecerles un suspiro, y no digamos ya un tren construido en 40 días. |
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