RUTA nº 355 COMUNIDAD AUTÓNOMA DE MADRID - Zona 6 Distancia desde Madrid: 53 Kms.
Comunidad Autónoma de Madrid  LAGUNILLA DEL YELMO
UNA PEQUEÑA GRAN DESCONOCIDA
Esta preciosa charca, orlada de flores y extrañas rocas, se esconde cerca de la cima más concurrida de la Pedriza

         Imprimir esta página

Manzanares el Real está bien comunicado por la autovía de Colmenar (M-607), tomando por la carretera M-609 pasado el kilómetro 35 y luego por la M-608 a la izquierda. Desde Manzanares, hay que continuar en coche otros tres kilómetros por la carretera del Tranco –siguiendo los letreros hacia el restaurante El Yelmo–, para echarse a andar desde el aparcamiento habilitado al final del asfalto. Hay autobuses hasta Manzanares (tel.: 91-359 8109) desde la plaza de Castilla
hay varias a lo largo del recorrido senda; marcas de pintura blanca y amarilla
recomendable para cualquier época excepto verano, pues entonces la Pedriza es un horno y la lagunilla se seca
Domingo Pliego es el autor de 'Excursiones en la Pedriza del Manzanares', guía de Ediciones Desnivel en la que se propone una variante algo más larga –10 kilómetros– de este itinerario
la lagunilla del Yelmo figura en el mapa excursionista 'La Pedriza del Manzanares' de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38; tel.: 91-534 3257), muy aconsejable si no se posee un conocimiento previo del terreno a recorrer

Dicen que Ortega estaba contemplando arrobado la laguna Grande de Peñalara cuando una joven se le acercó y, esbozando un mohín de decepción, le preguntó: “¿Y ésta es la laguna 'Grande'?”. A lo que Ortega, abarcando la sierra con un gesto circular, muy filosófico y torero, respondió: “Señorita, aquí todo es grande”. La anécdota puede no ser cierta, pero muestra con acierto cuán subjetiva es la cuestión del tamaño –algo que ya sabíamos– y cuán distintas cosas son una cosa grande y una grande cosa, el grandor y la grandeza. En este último sentido, incluso la lagunilla del Yelmo, que declara su pequeño tamaño en el diminutivo, es grande.

La lagunilla del Yelmo mide unos 25 metros de largo por 15 de ancho, no tiene ni tres palmos de profundidad y, en el rigor del estío, se seca. En cualquier otro lugar de la sierra, sería un lavajo sin nombre y sin mayor interés, como los muchos que se forman en sus rasos, navas y dehesas. Pero en el arisco corazón de la Pedriza, donde todo lo que no se aferra a la superficie convexa y pulida del granito con clavijas o patas de lagartija resbala sin remisión, y no digamos ya el agua de lluvia, constituye un tesoro tan grande como uno de esos diamantes del tamaño de un melón que aparecen cada cien años en los desiertos de Suráfrica. Su rareza es su grandeza.

Para más curiosidad, esta dulce joya yace oculta entre los peñascos a 700 metros escasos al suroeste del Yelmo, que es la atracción número uno de la Pedriza. Y así sucede que el Yelmo, con ser muy grande –una roca pelada de 170 metros de altura, ciertamente lo es–, se queda chico ante la avalancha de escaladores, excursionistas y cabras que lo coronan a diario; en tanto que la lagunilla permanece misteriosamente vacía, reflejando en sus aguas quietas la imagen de una Pedriza aún silenciosa, solitaria y grande.

En el aparcamiento del Tranco, a tres kilómetros de Manzanares, arranca la senda más sencilla y directa de cuantas trepan al Yelmo y, por ende, a la lagunilla. Aquí comenzamos subiendo la escalera que bordea por la derecha el restaurante Casa Julián, para luego seguir trepando por los peldaños naturales del roquedo sin perder de vista las marcas de pintura blanca y amarilla que señalizan el camino. Así, hasta llegar en media hora a un rellano, el mirador del Tranco, donde dejamos a nuestros reventados pulmones recuperarse con el aire embalsamado por la jara y el romero, y a la mirada volar por sobre la villa de Manzanares y el embalse de Santillana.

A una hora del inicio, alcanzamos un segundo rellano: la Gran Cañada, una pradera que merece el calificativo de grande por su largura –más de un kilómetro– y su enorme belleza. Y a las dos horas, tras rebasar el collado de la Encina, se nos ofrece el tercer rellano y la primera visión de la mole ovoidal del Yelmo. Unos metros más adelante, descubrimos hacia la izquierda una peña que descuella solitaria sobre una terraza rocosa. Al pie de esa piedra caballera, corre la trocha que lleva en cinco minutos hasta lagunilla.

Rodeada de canchos de formas extrañas y sugerentes –en uno, incluso, la erosión ha labrado una gigantesca huella animal–, la lagunilla tiene algo de jardín de rocas japonés, una solemnidad mineral que sólo atenúa la sonrisa primaveral del narciso pálido. Si buena es la vista que aquí se tiene del cercano Yelmo, mejor aún la que se disfruta al asomarse por una brecha abierta en el roquedo de la orilla occidental: todo el alto Manzanares, hasta la Maliciosa y las Guarramillas. Ninguna, empero, supera a la mera contemplación de la lagunilla, pues su decoración de granito y agua mansa nunca cansa, y esta simplicidad es otra, acaso la mayor, de sus grandezas.

Por último, podemos seguir otra trocha que sube directamente desde la charca hasta la base del Yelmo, y allí recuperar la senda señalizada para regresar al Tranco. Eso, o quedarnos a vivir junto a la lagunilla, que, de ser posible, sería la mejor elección, la más grande.

.