RUTA nº 298 RUTAS POR OTRAS PROVINCIAS Distancia desde Madrid: 190 Kms.
Castilla-León  CAÑÓN DE CARACENA
SOLOS EN LA EDAD MEDIA
Un castillo y dos iglesias románicas rematan este paseo por la solitaria ladera soriana de la sierra de Pela

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a Tarancueña, pueblo donde comienza esta excursión, se puede ir por la carretera de Barcelona (N-II), desviándose por la CM-1011 (antigua C-204) hacia Sigüenza, para luego seguir por Imón, Atienza, Torrelloso, Alpedroches, Miedes de Atienza, Retortillo de Soria y Tarancueña. O por la carretera de Burgos (N-I), tomando el desvío a Cerezo de Arriba y continuando por Riaza, Ayllón, Torraño, Cuevas de Ayllón, Liceras, Montejo de Tiermes, Valderromán y Tarancueña
en ambos pueblos. sendero con trazos de pintura blanca y roja
realizable en cualquier época menos en pleno verano, pues apenas hallaremos una sombra
Javier Leralta es el autor de 'Rutas verdes desde Madrid', guía de Ediciones La Librería (tel.: 91-541 7170) en que se propone un completo itinerario, en coche y a pie, por esta sierra de Pela
hoja 21-16 (Berlanga de Duero) del S.G.E. o la 405 del I.G.N.
en el restaurante La Venta de Tiermes (yacimiento de Tiermes, a 9 kilómetros de Tarancueña; tel.: 975-18 6123) hacen ricos alubiones de Noviales y asados con leña de encina y estepa. El anexo hotel Termes (tel.: 975-18 6235) ofrece 12 habitaciones dobles distribuidas en torno a un patio central porticado, estilo villa romana. Todo en piedra y madera. Además, los dueños celebran todos los meses la fiesta del Plenilunium, un jolgorio de origen celtibérico en que se canta y se baila alrededor del fuego hasta el amanecer. Precio: medio-bajo.

Por alguna razón que se nos escapa, la gente tiende a pensar que Soria está más lejos de lo que está (excepción hecha, claro es, de los propios sorianos). Quizá sea porque se asocia Soria con sucesos muy distantes: la defensa feroz de Numancia, el Cid tragando polvo con doce de los suyos camino del destierro, las cabalgadas del moro Almanzor... O acaso sea porque se piensa en la Soria de los poemas de Machado, aquellos que rumiaba en los grises olivares de Jaén, tan lejos ya de Leonor, enterrada allá en el alto Espino.

En realidad, Soria es una provincia muy céntrica. Sonará a pitorreo, pero lo cierto es que sólo dista de Madrid 31,5 kilómetros, justo los que hay en línea recta desde el pico Tres Provincias, ápice septentrional de la madrileña, hasta la sierra de Pela, límite suroccidental de la soriana. Y es en esta sierra tan próxima, y a la vez tan distante, donde se esconde uno de los parajes que más honda huella han dejado en nuestra memoria, cada día más grande y feliz, de caminantes: el cañón fluvial que separa –o más bien une, como enseguida veremos– las poblaciones de Tarancueña y Caracena.

Tarancueña es un lugar equidistante entre El Burgo de Osma (Soria), Atienza (Guadalajara) y Ayllón (Segovia) que en otro tiempo fue importante, como lo demuestra la campaña de 'Tarankunya' que Almanzor emprendió “a tres días por andar de rabí IIº del año 371”, 27 de octubre de 981 para los cristianos. Y no digamos Caracena, que hasta 1833 fue señora de 20 aldeas, incluida Tarancueña. Hoy no lo son ninguna de las dos. Así se explica que para ir de Tarancueña a Caracena, que está a sólo seis kilómetros río abajo, haya que dar un rodeo de 50 por carretera. Si Almanzor hubiese tenido que hacer sus 'razzias' por el asfalto, no habría pasado de la sierra de Pela y, en vez de el 'victorioso por Alá' hubiera sido motejado el 'derrotado por Fomento'. Mejor ir, pues, caminando por el cañón.

Justo a la entrada de Tarancueña, si venimos de Osma o de Atienza –o a la salida, si de Ayllón–, se desvía de la carretera una pista de tierra por la que bajaremos en coche para, en cosa de un kilómetro, aparcar en un rellano idóneo junto a un abejar. A partir de aquí, la pista empeora sensiblemente y, tras rebasar unos esplendorosos trigales, una chopera y unas casas de labor, se reduce a un senderillo que discurre pegado al río Adante o Caracena por el fondo de un amplio cañón pelado de soledad brutal, sólo mitigada por los buitres que hacen guardia en la largirucha peña del Águila.

A una hora y media del inicio, tras vadear un par de veces el río, nos toparemos con los Tolmos, dos tetas calizas que han resistido incólumes la erosión en mitad del cañón. Aquí se han hallado restos de un poblado de la edad del Bronce y aquí empieza el tramo más bello del barranco, cuyas paredes desnudas se juntan, repliegan y caen a plomo sobre el río, obligándonos a vadearlo en más de una ocasión. Y ya muy pronto, al llegar a una nueva chopera, veremos, asomando sobre el cantil de la margen contraria, el ábside románico de la iglesia de Santa María, primera y gozosa señal de Caracena, villa que se nos mostrará completa cruzando un puente medieval y sumando en total dos horas de andar desde Tarancueña.

Caracena es un lugar que llega al alma por su heroica soledad –sólo 11 vecinos viven de continuo–, un rincón de pura Edad Media, fiel a la roca madre sobre la que se asienta, donde hasta las calles de roto empedrado y las casas caídas son bellas. Más lo son su rollo plateresco y sus dos iglesias, señaladamente la de San Pedro, en cuya galería porticada se reunía antaño el concejo en un acto de democracia románica del que eran testigos los grifos, los centauros y los dragones de los capiteles. A diez minutos monte arriba está el castillo de Caracena (siglos XV y XVI), desmoronándose a ojos vistas mientras que, a pocos kilómetros de aquí, en el corazón de España, ya nadie parece acordarse de la vieja Castilla que nos parió.

La vuelta, por el mismo camino.

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