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Castilla-La Mancha  BOQUERON DEL RIO ESTENA
EL OTRO CABAÑEROS
Este cañón de los montes de Toledo abre un paréntesis de agua y color en el gran parque nacional manchego

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a Navas de Estena se va por la carretera N-401 hasta Toledo y por la CM-401 hasta Navahermosa, para desviarse poco después hacia Navas de Estena por la CM-4157 y la CM-4153. Este camino ofrece vistas sobrecogedoras de todo Cabañeros al pasar por el Risco de las Paradas
hay alguna durante el recorrido, pero en estas cálidas latitudes es mejor no confiarse y llevar agua de casa.Pista ancha de tierra
El Centro Administrativo del Parque Nacional de Cabañeros (tel.: 926-78 3297) organiza paseos con guía por el río Estena. Por su parte, la cooperativa Coserfo (tel.: 926-77 5384) ofrece la posibilidad de recorrer la raña de Santiago en vehículo todoterreno.
otoño es la mejor época para visitar Cabañeros –por la berrea de los ciervos– y el Estena en particular, por el variado color de las hojas caducas de su bosque de ribera
hoja 16-28 (Anchuras) del S.G.E. o la hoja 709 del I.G.N.
el mejor alojamiento de la zona es El Boquerón de Estena (tels.: 609 41 6745 y 689 12 5108), una casa rural de piedra junto al río que tiene siete habitaciones dobles con baño y restaurante especializado en judías blancas, sopa castellana y asados. Precio bajo

Cabañeros fue siempre feudo de señores con mano de hierro y de señoritos con escopeta, pero en los años 80 del pasado siglo, la anunciada instalación de un campo militar de tiro pareció ya excesiva brutalidad y hubo que declarar este paraje castellano-manchego parque nacional en 1995, el 20 de noviembre, día difícil de olvidar.

Ello no quita para que las tres cuartas partes del parque sigan siendo cotos privados de caza y que aun en el 25% restante se celebren monterías. De hecho, días pasados un guardia de seguridad nos impidió el paso por un camino público de Navas de Estena porque había un anciano con bigotito fino y criado disparándole a los ciervos balas como desodorantes 'roll-on'. Que en un espacio de violencia sistemática subsistan 276 especies de vertebrados, incluido el lince, el águila imperial y la cigüeña negra, es una paradoja con la que los amantes de la naturaleza tenemos que acostumbranos a vivir, como con un vecino gaitero o con almorranas.

El paisaje típico de Cabañeros es el de los montes tapizados de jarales y carrascas y, a sus pies, las rañas o llanuras salpicadas de encinas y alcornoques, el clásico bosque mediterráneo cuya música clásica la ponen los berridos otoñales de los ciervos en celo, tan altos que los oye hasta el más decrépito y tapia de los escopeteros. Pero hay otro Cabañeros: el multicolor de los ríos Estena y Bullaque, afluentes del Guadiana, particularmente bello el primero cuando ataja por el llamado Boquerón a través de un estribo sureño del Rocigalgo –1.448 metros, máxima altura de los montes de Toledo–, entre quejigos, robles melojos, fresnos e incluso tejos.

En Navas de Estena, pueblo ciudadrealeño sito al norte del parque, hay que ignorar los carteles que a la entrada indican hacia el Boquerón y atravesar el centro –en la plaza de la Constitución veremos el que probablemente es el único monumento de España al macho salido, un ciervo berreando– para salir andando por la calle de Horcajo, junto a unos adosados blancos y amarillos, y por su prolongación, una pista pedregosa que no dejaremos en toda la jornada. En diez minutos alcanzaremos el arroyo del Chorito, tributario del Estena, por cuyo vallecico bajaremos sin dejar la pista principal, llevando delante y en lo alto la blanca ermita del Durazno.

Como a media hora del inicio, vadearemos el arroyo junto a un puente derruido y al rato llegaremos a la junta del Chorito y el Estena, que es un río notable, con pozas y rabiones dignos de parajes más lluviosos. La confluencia acaece en el fondo de un selvático cañón, entre plegamientos rocosos y cuchillares que nos recuerdan los turolenses Órganos de Montoro. Aquí la pista enhebra las agujas de Las Torres y continúa río abajo pasando por la fuente del Fresno y el risco de Tira Pan, desde donde las mujeres arrojaban antaño las hogazas a sus maridos cabreros o carboneros cuando se quedaban aislados en la otra orilla por las crecidas del Estena.

Una hora en total, o algo menos, nos habrá llevado arribar a un punto donde el cruce del Estena resulta obligado, para lo cual hay que avanzar saltando por unos pedruscos estratégicamente colocados sobre el lecho del río. Más allá de esta angostura, pupula una rica fauna ribereña –el cachuelo y el calandino, el galápago y la nutria– y una flora propia de otras latitudes, como los tejos que llegaron hace 10.000 años huyendo de los hielos de los glaciares y aquí se quedaron, entre Ciudad Real y Toledo, a más de 150 kilómetros al sur de sus parientes más próximos en la sierra madrileña.

El camino que venimos siguiendo –en realidad, las ruinas de una vieja carretera inacabada– concluye media hora después, una y media en total, al topar con la alambrada de un coto de caza. Que un bello paseo por un parque nacional acabe de esta manera es algo difícil de entender y más difícil aún de explicar, y desde luego no seremos nosotros los que lo intentemos. Uno se acostumbra a todo.

La vuelta, por el mismo camino.

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