RUTA nº 408 RUTAS POR OTRAS PROVINCIAS Distancia desde Madrid: 200 Kms.
Castilla-León  CALATAÑAZOR
LO MISMO QUE VIO ALMANZOR
Un sabinar milenario y un manantial declarado monumento natural rodean este viejo pueblo, el más bello de Soria

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Calatañazor se halla en la provincia de Soria y tiene cómodo acceso yendo por la carretera de Burgos (A-1) hasta el kilómetro 104, luego por la N-110 hasta San Esteban de Gormaz y finalmente por la N-122 (dirección Soria)
Ruta apta para hacer en bicicleta  en el paraje de la Fuentona. circuito por pistas de tierra y carreteras vecinales
hoja 22-14 (Cabrejas del Pinar) del S.G.E. o la 349 del I.G.N.
la familia De Miguel nos hará sentir como en casa en el Hostal Calatañazor (Real, 10; tel.: 975-18 3642; calatanazor.com), donde encontraremos nueve rústicas habitaciones, cocina tradicional castellana –migas, alubias, cordero...– y toda la ayuda necesaria para realizar ésta y otras rutas a pie por la zona; precio bajo. Otra excelente opción para alojarse y comer es la Casa del Cura (Real, 25; tel.: 975-18 3631; www.posadacasadelcura.com), un hotelito con interiores de diseño y cocina creativa; precio alto

El 30 de julio del año 1000, en Calatañazor, Almanzor logró darle la vuelta a una batalla que tenía perdida, pero algún poeta local, que no iba a dejar que la historia le estropease una rima, salió con el cantar: “En Calatañazor, / perdió Almanzor / su tambor”. Es lo que tiene Calatañazor: licencia poética para inventarse la realidad, para seguir siendo un pueblo medieval en pleno siglo XXI, rodeado de bosques donde los árboles alcanzan edades casi geológicas y los ríos afloran de sopetón formando verdes lagunas, como si éste no fuese el páramo soriano, sino la Fontefrida del romancero.

Encastillado en un peñasco sobre el valle de la Sangre –tremendo nombre, que no han logrado borrar las aguas de 1.004 inviernos–, Calatañazor se mantiene firme en su viejo sueño, fiel a las calles empedradas y a los soportales de madera, a las casas de entramado de sabina relleno de adobe y a las cónicas chimeneas pinariegas, a la picota y a las tumbas antropomorfas, al cinturón de murallas y a la decrépita fortaleza sobre la que planean, trazando círculos lentos como los relojes del pueblo, aquéllos que le dieron su más antiguo nombre: Kalat al-Nasur, el castillo de los buitres.

Pero el sueño de Calatañazor, como todos los sueños, envicia, y si uno no se espabila, puede quedarse aquí durmiendo con los ojos abiertos todo el día. Así que, antes de que eso ocurra, saldremos a pie del pueblo por la carretera de Muriel, dejando atrás la ermita románica de la Soledad, para coger a los 500 metros el desvío señalizado a Abioncillo y, acto seguido, tirar de nuevo a la izquierda por un camino agrícola que corta los labradíos, bordea un colmenar y sube suavemente por un montecillo bravo de encinas y sabinas, pequeño anticipo del magnífico bosque que más tarde visitaremos.

Como a una hora del inicio, desembocaremos en la carretera (a principios de 2004, aún sin asfaltar) que va de Blacos a Abioncillo de Calatañazor. En esta última aldehuela, que estaba muerta y ha sido resucitada como pueblo-escuela por un grupo de profesores de la comarca, nos plantaremos avanzando a la derecha en otro cuarto de hora. Cruzando aquí el puente sobre el Abión –o Avión, que tanto monta–, viraremos luego a la diestra para seguir la pista de tierra que remonta el río, por cañoncetes y alamedas, hasta Muriel de la Fuente. Y, tras rebasar esta población, siempre aguas arriba, llegaremos a la Fuentona al cumplirse dos horas y media de marcha.

La Fuentona es un paraje declarado monumento natural que merece (y otro día, ya se la dedicaremos) una jornada entera de excursión. Hoy nos limitaremos a la senda principal, de unos 700 metros, que lleva por el fondo del barranco calizo hasta el nacedero donde el Abión aflora, hecho ya un río grandecito, después de un curso subterráneo que los espeleobuceadores aún andan explorando. Puentes de madera, cascadas y diáfanas pozas de lecho pedregoso hacen un paisaje como de jardín japonés, una impresión que se acentúa al arribar a la laguna insondable de color esmeralda donde surge el río y donde se espejan, retorcidas y esculturales, como bonsáis gigantes (si se nos permite el oxímoron), las viejas sabinas.

Para ver sabinas hermosas, las más del mundo, aún deberemos caminar media hora más –tres en total, desde el inicio– por la solitaria carretera de Muriel a Calatañazor. Bien señalizado, a medio camino entre ambos pueblos, se halla el sabinar de Calatañazor, un bosque de 30 hectáreas que maravilla por su pureza –ni encinas, ni enebros: sólo sabinas albares–, su densidad –250 pies por hectárea–, su esbeltez –muchos árboles rondan los 14 metros– y su longevidad, pues hay ejemplares de cerca de 2.000 años, anteriores no sólo a la batalla de Calatañazor, sino al cerco de Numancia.

En otra hora, por la misma carretera, estaremos de nuevo en Calatañazor, donde Almanzor no perdió nada, como no fueran las ganas de volver a Córdoba después de ver aquí tanta belleza reunida.

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