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RUTA nº 264 PROVINCIA DE SEGOVIA Distancia desde Madrid: 77 Kms.
Castilla-León  RIO CAMBRONES
ESPEJOS DE AGUA PURA
Un corto paseo desde La Granja permite disfrutar de algunas de las pozas más bellas de la sierra

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a La Granja se va por la carretera de A Coruña (A-6), tomando en Villalba por la M-601 hasta el puerto de Navacerrada y bajando luego por la CL-601 hacia Segovia. Hay autobuses de La Sepulvedana (tel.: 91-530 4800)
pista de tierra y sendero
por la abundancia de lugares para el baño, es ideal para salir al campo en verano con niños y para todos aquellos que deseen iniciarse en el senderismo
a pesar de la poca dificultad que presenta este itinerario, pues basta seguir en todo momento el río Cambrones aguas arriba, no está de más llevar algún tipo de cartografía para hacerse una idea de conjuno de las montañas circundantes. Para este propósito, sirve la hoja 18-19 (Segovia) del S.G.E. o la 483 del I.G.N.

La poza del Guindo finge un gran espejo ovalado: un espejo de 20 metros de largo por la mitad de ancho, enmarcado en una orla de hierba sobre la que se yerguen y contonean, mirándose y remirándose en el cristal de las aguas, varios álamos, fresnos, sauces y un lánguido cerezo, o guindo, que es el que da nombre al remanso. La del Guindo, con su corte de árboles presumidos, es la reina de las pozas de la sierra, la más bonita que hemos visto jamás, el arquetipo platónico de la Poza. Pero no es la única del río Cambrones...

El Cambrones, que nace en el puerto de Malagosto, a casi 2.000 metros de altitud, y va a dar al Eresma en el embalse del Pontón, junto a La Granja, a 1.100, tan sólo 14 kilómetros después, es un riacho bravo que se precipita alocadamente hacia el real sitio constreñido entre las pinas laderas de los montes Carpetanos –a levante– y el cerro de la Atalaya –a poniente–, dando numerosos saltos y parones en las angosturas y oquedades que las peñas forman en el paraje conocido como las Calderas. Al no iniciado, toda esta geografía le sonará a arameo, pero algo más entenderá si, en llegando a La Granja, dirige la mirada al septentrión: allí descubrirá, coronado por un repetidor, el cerro de la Atalaya, cónico, pardo y pelado; en tanto que, a la diestra de éste, verá alzarse las moles pinariegas de la Flecha y el Reventón. Entre la desolación de uno y el verdor de las otras, se abre paso el Cambrones por su valle.

La razón de esta disparidad vegetal hay que irse a buscarla al siglo XVIII, cuando Carlos III adquirió, para darle gusto al gatillo, todos los bosques desde La Granja hasta Riofrío. El cerro de la Atalaya, según se ve, quedóse fuera por un pelo de la jurisdicción regia, verificándose en él un proceso de degradación, por tala y sobrepastoreo, que dejó el primitivo robledal reducido a un yermo donde sólo levantan dos palmos del suelo algunos arbustos recalcitrantes. Entre ellos, el cambroño, especie de piorno de gualdas florecillas fragantes, hojas trifoliadas y legumbres pilosas, cuya abundancia en esta zona explica el bautismo del río Cambrones.

Hacia él nos dirigiremos saliendo de La Granja –en coche– por el paseo del Pocillo, donde tomaremos como referencia la fábrica de vidrio para, 800 metros más adelante, tirar a la derecha en una bifurcación que se presenta en una pronunciada curva, y luego seguir otros 400 por pista de tierra –ya a pie– hasta llegar a la altura de dos portillos enfrentados que hay a ambos lados del camino. Por un paso peatonal que ofrece el de la izquierda, cogeremos la senda que, enfilando hacia la Atalaya, se arrima al río Cambrones.

Al poco, habremos cruzado el río por un puente de madera y, tras pasar una puerta giratoria, estaremos remontando la corriente –muy menguada a causa de una cacera que le chupa medio caudal aguas arriba– entre robles solemnes, altos helechos y matas aromáticas: botonera, tomillo, cantueso... Como a media hora del inicio, rebasaremos la toma de aguas de la mentada acequia y una casilla aneja, atravesando acto seguido una sombría sauceda por la que iremos a dar ante una primera poza notable, que en realidad no es más que un charca artificial que los bañistas han represado, para su placer, amontonando piedras en una estrechura del cauce.

Aquí abandonaremos la orilla, momentáneamente, para ganar algo de altura por la misma ladera y así poder continuar valle arriba por un sendero más desembarazado de vegetación. En otra media hora, a contar desde la casilla, nos veremos obligados a vadear el río en una angostura peñascosa, después de lo cual acometeremos una serie de fáciles trepadas por las rocas de la margen izquierda, topándonos maravillados, una detrás de otra, la poza del Guindo, la poza Negra –negrísima su agua en un tenebroso hondón, al pie de una espumeante cascada– y un interminable rosario de pozas escalonadas que, de tan alto como suben, ya sólo espejan el cielo.

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